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Entendiendo la asertividad. 
II

Cuándo no es conveniente ser asertivo: Contraindicaciones, limitaciones y malos entendidos.


Hay ocasiones en que la conducta asertiva puede resultar objetivamente contraindicada y/o socialmente inconveniente. En cada caso, el balance costo /beneficio y los intereses personales marcarán la pauta a seguir.


Ser asertivo implica una toma de decisión en la que el sujeto debe sopesar los pros y los contras, y resolver si se justifica o no, actuar asertivamente (ver la “Guía para organizar y pensar la conducta asertiva”, propuesta en el epílogo)


Este proceso de valoración es similar a cualquier estrategia de resolución de problemas o de afrontamiento, pero también implica una dimensión ética, es decir, una actuación racional guiada por la convicción personal de que estoy haciendo lo correcto.


Un estudiante de trece años prefirió denunciar por acoso sexual a uno de sus profesores, antes que guardar silencio, aún a sabiendas de que su lugar en el colegio corría peligro. Luego de una detallada investigación, el rector expidió una resolución por medio de la cual se retiraba al alumno del colegio por carecer de “espíritu conciliador y religioso”. La determinación no tomó por sorpresa al joven y a sus padres quienes estaban preparados para las posibles consecuencias: habían asumido los riesgos y estaban listos para enfrentarlos.


Por desgracia, los acontecimientos cotidianos no siempre permiten un espacio de reflexión, en el que de manera consciente y premeditada podamos anticiparnos a los hechos y desplegar estrategias rápidas y eficientes de respuesta. De todas maneras, cuando una persona incorpora la conducta asertiva a su repertorio y la ensaya suficientemente, la capacidad de defenderse se automatiza y ya no hay que “pensar tanto” antes de actuar. Nos volvemos más ágiles y sueltos a la hora de responder.


La habilidad de discriminación, de saber dónde y cuándo es recomendable ser asertivo, forma parte de todos los protocolos de habilidades sociales. Por ejemplo, decirle al presidente de la empresa en la que uno trabaja que tiene mal aliento, no solamente es imprudente sino estúpido. Nadie tiene un principio “moral” que diga: “Ninguno de mis semejantes deberá tener mal aliento”, por lo tanto es negociable. Los fanatismos son siempre perjudiciales, aunque estén disfrazados de asertividad.


De manera general, podemos señalar tres tipos de situaciones en las que no es recomendable ser asertivo.
Cuando la integridad física puede verse afectada.

En medios sociales, altamente violentos, en los que la vida ha dejado de ser un valor, es necesario reservar la asertividad sólo para momentos relevantes y específicos, cuando la integridad física no corra riesgos. Nadie con uso de razón se le ocurriría ser asertivo con alguien que le está apuntando con un arma: “Señor, quiero sentar una enérgica protesta por su conducta delictiva y que atenta contra mis derechos como ciudadano”.


Volvemos otra vez al balance y a las consideraciones sobre lo que es vital para el individuo y lo que no vale la pena. 

Existen casos en que el afectado decide que el riesgo es justificable por motivos ideológicos, religiosos o de otro tipo, y acepta ser asertivo, a pesar del costo.

Cuando se puede lastimar innecesariamente a una persona.

Si la asertividad puede lastimar a otra persona de manera innecesaria, la decisión debe revisarse. 

Las personas que derraman sinceridad ácida por los cuatro costados son insoportables: 
“No me gustan tus zapatos”, 
“No me gusta como hablas”, 
“Me aterran tus chistes”, 
“No comas así”, 
“Tienes caspa”, 
“Estás gorda”, 
en fin, el rosario de los que padecen de quisquillosidad crónica. La insensibilidad por el dolor ajeno no se compadece con la defensa de los derechos. Una paciente se ufanaba de haber sido asertiva con su empleada del servicio porque le había dicho que el vestido que ésta había comprado con esfuerzo y ahorro sostenido era horripilante.

La vida está llena de mentiras piadosas, bellas, tiernas y humanistas. Fromm sostenía que la pregunta sobre si el hombre es lobo o cordero, bueno o malo en esencia, carecía de sentido o estaba mal formulada, porque el problema no era de sustancia, sino de contradicción interna; una contradicción inherente al hombre que lo empuja a buscar soluciones. En sus palabras:


Si la esencia del hombre no es el bien ni el mal, el amor o el odio, sino una contradicción que exige la búsqueda de soluciones nuevas, entonces el hombre puede realmente resolver su dilema, ya de un modo regresivo o de un modo progresivo.


Es decir, podemos elegir, no estamos determinados biológicamente para asesinar ni hacer la guerra, no hay una tendencia que nos lleve inexorablemente a eliminar al otro, no al menos en el hombre que posee la capacidad de conocerse a sí mismo. Puedo elegir si voy a lastimar o no, soy responsable de mis actos, y ésa es la posición progresiva: dejar que las fuerzas humanas que viven en cada uno puedan desarrollarse.


Sastre, sostenía que creamos nuestra esencia en la medida que existimos. 

En realidad, todo asertivo es un existencialista en potencia, una persona “condenada a ser libre” y a ser dueño de sus propias acciones. 

Los psicólogos llamamos a esta percepción de control punto de control interno 
(“Yo soy el último juez de mi conducta”, 
“Yo organizo mi destino”, 
“Yo tengo el control de mi vida”), que en última instancia no es otra cosa que la puesta en práctica de la filosofía sartreana de libertad responsable. La sinceridad puede ser la más cruel de las virtudes, cuando se la priva de excepciones. En la segunda parte, profundizaré estos aspectos.

Cuando haya un costo social significativo.

Un punto que causa escozor entre los que comienzan a ensayar la conducta asertiva es el costo social. 

La sorpresa es mayúscula, porque la cantidad de “amigos” suele reducirse a la mitad. 
Tal como lo demuestran los estudios sobre la percepción social de la asertividad, a mucha gente le disgusta la honestidad directa, así sea empática y moderada.

Si una persona es muy dependiente de la aprobación y considera la adecuación social como un valor altamente deseable, la asertividad puede resultarle francamente desagradable, un exabrupto de mal gusto. Cuando alguien está en la tónica de hacer nuevos contactos y mejorar sus habilidades para vencer la soledad, es mejor poner la asertividad en remojo por unos días. No hablo de eliminarla (eso sería un atentado contra la salud mental) sino de subir el umbral de tolerancia para facilitar el contacto inicial con desconocidos. 

La mayoría de los asertivos tiene pocos, pero buenos amigos.

Los autores también hablan de una asertividad situacional, es decir, la posibilidad de que uno pueda ser asertivo en una situación determinada, pero no en otras. 

Por ejemplo, hay personas que pueden defender sus derechos adecuadamente en el trabajo, pero son incapaces de negarse a los pedidos irracionales de su esposa o esposo.

Otros pueden expresar sin dificultad enojo a desconocidos y amigos, pero mostrarse incapaces de enfrentar a ciertos miembros de la familia. 

Cada dominio de intercambio personal (conocidos, pareja, padres, extraños, figuras de autoridad o relaciones profesionales) constituye una dimensión especial donde la asertividad puede darse o no. 
No obstante, en nuestra experiencia, las personas tímidas, emocionalmente dependientes, represoras e introvertidas parecen estar caracterizadas por lo que podríamos llamar una personalidad inasertiva.

El poder de la asertividad: ¿Por qué es bueno ser asertivo?La asertividad fortalece el amor propio y la dignidad.

PARA EXIGIR respeto debo empezar por respetarme a mí mismo y reconocer aquello que me hace particularmente valioso, es decir: debo quererme y sentirme digno de amor. Precisamente, la dignidad personal es el reconocimiento de que somos merecedores de lo mejor. Así como nos sentimos amados e importantes cuando alguien nos defiende y nos cuida, de igual manera la autoestima sube como espuma cuando nos resistimos a ser sacrificados, utilizados o explotados.


Si acepto pasivamente la injusticia o la ofensa, estoy admitiendo en los hechos que merezco ser tratado indebidamente. Ésa es la razón por la cual los que tienen pocas habilidades sociales y carecen de asertividad sufren de depresión. Un paciente que sufría de ansiedad social y depresiones frecuentes llegó a una conclusión interesante, un insigth revelador, que no había procesado antes de manera categórica: “¡Si no me quiero yo, quién me va a querer!”. Muchos pacientes deprimidos mejoran ostensiblemente con el entrenamiento asertivo porque rompen el esquema de desamor al que inevitablemente llevan los comportamientos de sumisión.


Siguiendo a Savater, podemos decir que la dignidad humana implica, al menos, cuatro condiciones:


No ser un instrumento para otros fines distintos a los propios.


Ser autónomo en las propias decisiones.


Ser tratado de acuerdo con sus méritos y no con circunstancias aleatorias como raza, etnia, clase social o preferencia sexual, es decir, no ser discriminado por esas razones.


No ser abandonado, despreciado o rechazado afectivamente.


El punto a, es lo que Kant denominó el imperativo categórico o moral:


En todas sus acciones, no sólo las dirigidas a sí mismo, sino las dirigidas a los demás seres racionales, el hombre debe considerarse siempre al mismo tiempo como un fin.


Veamos un caso en el que se tuvieron en cuenta los cuatro postulados de la dignidad personal para que una paciente pudiera ser asertiva.


Gloria era una mujer de treinta y seis años, de origen salvadoreño, casada con un hombre dedicado a las finanzas. Su vida giraba alrededor de sus tres hijas y su marido. Era una mujer tímida, recatada, pero astuta e inteligente. Al llegar a la consulta estaba deprimida y una sensación de vaguedad e incompletad la acompañaba casi todo el tiempo. Por lo general, esta sensación fragmentada suele estar asociada a la imposibilidad de desarrollarse como personal: el “sentido de vida” del que habla Víctor Frankl. La impresión sentida de que algo nos falta.


Había una mortificación latente en Gloria que no había hecho consciente. Aunque su esposo la quería, la relación afectiva tenía una pata coja. Gloria sentía que su marido no la admiraba, la limitaba en unas cosas y la subestimaba en otras. En ocasiones, solía burlarse “amigablemente” de sus gestos, su acento salvadoreño y su etnia. El hombre era un “tomador de pelo” crónico y Gloria era uno de sus blancos preferidos, especialmente en público.


Cuando la ofensa tiene un carácter leve o sutil y está amparada bajo un supuesto sentido del humor, la mente termina acostumbrándose a los agravios. El autoengaño adopta distintas formas de justificación: “No es tan grave”, “Unas cosas por otras” o “Hay cosas peores”. Sin embargo, como dice el refrán, La procesión va por dentro. No podemos resignarnos a la descortesía de la persona que amamos, por más “delicada” y lúdica que sea, sobre todo si se repite sistemáticamente. La inasertividad y el silencio obsecuente de Gloria no hacían más que avalar la conducta agresiva y machista de su marido.


Durante la etapa inicial de la terapia, la introduje al tema de la asertividad, le di material relacionado con la importancia de defender y ejercer los derechos personales, y le propuse que revisáramos los cuatro aspectos que definen la dignidad humana, para ver si en su vida afectiva algunos de ellos no se cumplían. Al principio no le encontró mucho sentido porque quería respuestas prácticas y concretas, pero finalmente aceptó.


Mi hipótesis era que si Gloria lograba comprender racionalmente dónde se originaba su sentimiento de indignación, podría actuar de manera asertiva, sin culpa ni miedo. Mi experiencia como terapeuta es que si estamos convencidos hasta los huesos e integramos hasta la última célula del cuerpo en el debate, el comportamiento será mucho más efectivo.


Le expliqué que muchas veces, debido a miedos y creencias irracionales, terminamos acostumbrándonos a situaciones abiertamente desagradables e incómodas, y que la única manera de salir de este atolladero es ver las cosas como son, realista y descarnadamente.


T (Terapeuta): ¿Te sientes utilizada por tu esposo?


G (Gloria): Nunca había pensado en esos términos… No, no es un hombre aprovechado… Me siento mal hablando de esto, él es un buen hombre…


T:Nadie lo niega, la idea no es difamarlo sino ver cómo te sientes. Tú lo amas, y eso está bien. Quiero que pienses desde el amor…


G:A veces me siento mal en lo sexual… Él no se preocupa demasiado por mí… No es que me sienta como un objeto… Bueno, no un poco… Me gustaría que fuera más cariñoso durante la relación y que si yo no tengo deseos, pues que lo entienda… En ocasiones me obliga a hacerlo…


T:¿Crees que puedes ser autónoma en tus decisiones o te sientes impedida en algún sentido?


G:Me gustaría estudiar, pero con las niñas es difícil… Son muy pequeñas.


T:Ya van al colegio, ¿verdad? ¿Qué horario tienen?


G:De siete de la mañana a tres de la tarde.


T:¿Y en ese tiempo no podrías dedicarte a otras cosas de tu interés?


G:No, no tengo apoyo.


T:¿De quién necesitas apoyo?


G:De mi marido y de mi madre… Ella vigila siempre mi desempeño como mamá… Y él piensa que no es el momento, que quizás más adelante… Las niñas me necesitan… Incluso si quiero salir con una amiga, suele haber problemas… En ocasiones siento que mis cosas no son importantes… Pienso que mi esposo las subestima…


T:¿Crees que eres tratada de acuerdo con tus méritos o que existe algún tipo de discriminación hacia ti?


G:(Silencio))


T:¿Te la repito?


G:No, no… Pensaba… Algunos amigos nuestros… y también mi esposo, se burlan de mi nacionalidad… Yo sé que no lo hacen de malos, pero siempre me recuerdan que soy extranjera… Cada vez que pueden hacer algún comentario sobre lo subdesarrollado que es El Salvador o sobre lo horrible que es su comida típica, mi acento, en fin… No me siento respetada, me ofende que se burlen de mis orígenes… En especial mi marido…


T:¿Crees que has sido abandonada o descuidada en algún sentido?


G:Creo que sí… Sí… No me siento amada ni admirada… Es triste reconocerlo… Me duele…


T:Pienso que el ejercicio ha sido útil. No te sientes tratada dignamente, ése es tu malestar. En las cuatro preguntas que te formulé hubo “peros”, insatisfacciones, aflicción, te dolían las respuestas que dabas porque te mostraban una realidad que no querías ver. No hace falta que nos golpeen físicamente para que nos lastimen.


De todas maneras, pienso que tu esposo te quiere y que solamente hay que enseñarle a relacionarse de una forma más constructiva y respetuosa contigo. Tú puedes hacerlo, si eres asertiva.


Gloria tomó conciencia de que su dignidad personal estaba siendo vulnerada. La reflexión racional le dio más seguridad a la hora de actuar y le permitió justificar el cambio que deseaba. En otras palabras, legitimó su sentimiento y se autorizó a sí misma a ser asertiva. En muy poco tiempo, no sólo logró que su marido y su madre la tomaran más en serio, sino que comenzó a revalidar su bachillerato para ingresar en la universidad.


Podría argumentarse que Gloria debería haber hecho caso omiso a las burlas y opiniones de los demás, esposo y mamá incluidos. Pero ésta es una posición artificial y alejada de la realidad. Nos guste o no, somos seres “yoicos”: tenemos una identidad que defender si no queremos perder la cordura. Gloria no era una mujer quisquillosa, hipersensible o paranoica, sólo se trataba de alguien que quería poner límites razonables y ejercer sus derechos.


La influencia orientalista poco seria ha estigmatizado al “yo”, como si el “sí mismo” fuera una mala palabra.


Muchos fanáticos de la Nueva Era, no muy bien informados, suponen que defender la condición humana y autoafirmarse en la asertividad es alimentar el ego. Incluso para muchas de estas personas, la autoestima, y cualquier otro “auto”, son sospechosos de narcisismo. Es un error enorme.


No somos bancos de niebla a la deriva, aunque podemos jugar a serlo si es necesario. El asunto no consiste en apagar nuestros impulsos naturales en aras de una tolerancia mal entendida, sino en saber cuándo se justifica encenderse (sin incendiarse) y comportarnos de manera sostenida y valiente. Ni siquiera el mal entendido “conformismo budista” escapa a este principio. En su sabiduría, el Dalai Lama dice:


En todo lo anterior no he querido de ninguna manera dar por supuesto que no haya ocasiones en las que sea apropiado responder ante los demás tomando fuertes medidas. Practicar la paciencia en el sentido que he procurado describir tampoco significa aceptar todo lo que los demás quieran hacernos y ceder a sus deseos sin más.


La resistencia paciente del budista no es pasividad sino una estrategia para que los pensamientos y emociones negativas no se apoderen de la mente y alteren el comportamiento. La asertividad, además de proteger nuestro amor propio, nos permite modular la violencia interior, para acceder a la dignidad de una manera inteligente.


Extracto de: CUESTIÓN DE DIGNIDAD

Aprenda a decir NO y gane autoestima siendo asertivo.
Autor: Walter Riso

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Entendiendo la asertividad. I

¿Qué significa ser asertivo? Ni sumisión ni agresión: Asertividad.


DECIMOS QUE UNA persona es asertiva cuando es capaz de ejercer y/o defender sus derechos personales, como por ejemplo, decir “no”, expresar desacuerdos, dar una opinión contraria y/o expresar sentimientos negativos sin dejarse manipular, como hace el sumiso, y sin manipular ni violar los derechos de los demás, como hace el agresivo.


Entre el extremo nocivo de los que piensan que el fin justifica los medios y la queja plañidera de los que son incapaces de manifestar sus sentimientos y pensamientos, está la opción de la asertividad: una forma de moderación enfática, similar al camino del medio que promulgaron Buda y Aristóteles, en el que se integra constructivamente la tenacidad de quienes pretenden alcanzar sus metas con la disposición a respetar y autorrespetarse. Veamos algunos ejemplos.
Un caso de sumisión

Mauricio es psicólogo clínico y tiene serios problemas con el manejo de sus pacientes. Muchos de ellos no vienen a las citas, llegan tarde o simplemente no pagan. Su secretaria colabora bastante en el caos administrativo ya que es bastante desordenada y poco eficiente. Mauricio teme el rechazo de la gente y en especial quedar mal con sus pacientes. Las deudas son enormes, y aún queriendo hacer algo al respecto, no hace nada. No sólo está inmovilizado, sino que, inexplicablemente, se muestra “comprensivo” con los clientes deudores. En su interior hay un volcán próximo a estallar, hay violencia acumulada. Es probable que el algún momento de ira, algunos de sus pacientes salgan psicológicamente lastimados. El comportamiento de Mauricio puede considerarse como no asertivo (sumiso).


Las personas no asertivas piensan, sienten y actúan de una manera particularmente débil a la hora de ejercer o defender sus derechos. Los pensamientos típicos que las caracterizan pueden resumirse así:


“Los derechos de los demás son más importantes que los míos”.


“No debo herir los sentimientos de los demás ni ofenderlos, aunque yo tenga razón y me perjudique”.


“Si expreso mis opiniones seré criticado o rechazado”.


“No sé qué decir ni cómo decirlo. No soy hábil para expresar mis emociones”.


Como veremos más adelante, los individuos sumisos suelen mostrar miedo y ansiedad, rabia contenida, culpa real o anticipada, sentimientos de minusvalía y depresión. La conducta externa es opacada, poco expresiva, con bloqueos frecuentes, repleta de circunloquios, postergaciones y rodeos de todo tipo. Incluso pueden actuar de una manera diametralmente opuesta a sus convicciones e intereses con tal de no contrariar a los otros. Su comportamiento hace que la gente aprovechada no los respete.


Es importante destacar que la mayoría de las personas tiene algo de inasertivo. No es necesario cumplir cada uno de los criterios técnicos señalados o estar en el extremo del servilismo para que la dignidad esté fallando.



Un caso de agresividad


Lina es una médica famosa por su antipatía. No sólo regaña a las angustiadas mamás por sus “ilógicas” preocupaciones frente a la salud de sus hijos, sino que incluso amonesta a los pequeños que van a su consultorio. Sonríe poco, es seca, habla fuerte y su tono de voz es áspero. Cuando está discutiendo con alguien, abre los ojos de manera amenazante, manotea, pierde fácilmente el control y no mide sus palabras. Los colegas reconocen que es una buena profesional, pero le temen a sus reacciones agresivas. Ella piensa que los más fuertes deben imponerse a los más débiles y que la gente torpe merece ser castigada. Su premisa es demoledora: “Yo soy más importante que tú: lo que piensas y sientas, no me interesa”.


Lina es una mujer agresiva, acaba de cumplir cuarenta y dos años, está casada y tiene tres hijos varones. La creencia que rige su comportamiento es que sus derechos son más importantes que los derechos de otras personas. Su comportamiento infunde temor, pero no respeto.



Un caso de asertividad


Marta ha sido víctima de una suegra entrometida durante más de cuatro años. Su marido es el menor de ocho hermanos, el único varón y el consentido de su madre. Cuando supo que se iba a casar, la señora lloró semanas enteras y odió profundamente a su futura nuera. No obstante, con el correr del tiempo aprendió a soportarla como a un mal necesario. Después de que se casaron, la suegra de Marta comenzó a vigilar de cerca los intereses de su hijo y a dirigir personalmente los quehaceres de la casa, las comidas, el arreglo de la ropa, la decoración, las vacaciones, en fin, casi todo tenía que ver con ella.


Marta decidió pedir ayuda profesional, y luego de unas semanas entendió que si quería mantener su matrimonio a salvo, debía ser asertiva con su madre política. Pese a los arrebatos de ira, las pataletas y las quejas de la indignada señora, Marta fue capaz de expresar sus sentimientos sin ser agresiva ni sumisa, sino asertiva.


En una de las tantas intromisiones, Marta le expresó lo siguiente, en tono firme, pero cortés: “Mire, voy a decirle algo que está molestándome desde hace tiempo y quizá por miedo o respeto he evitado decirle. Entiendo que sus intenciones son buenas y lo que usted quiere en realidad es cuidar y proteger a su hijo. Mi casa es su casa y tiene las puertas abiertas, yo la aprecio y siempre será bienvenida, pero quiero que tenga presente que algunos de sus comportamientos me incomodan porque me siento invadida en mi espacio y mi privacidad. Mi marido y yo necesitamos más intimidad y tomar nuestras propias decisiones. Le aseguro que nunca voy a lastimar a su hijo intencionalmente, confíe en mí”.


La señora reaccionó como lo hace cualquier persona no acostumbrada a la asertividad: se sintió profundamente ofendida y se alejó indignada. Sólo al cabo de unos meses aceptó ser más discreta y no meterse tanto en la relación de su hijo.


Marta actuó asertivamente. Y aunque posiblemente no lo dijo a la perfección, ya que se puso roja y tartamudeó un poco, logró su cometido: poner a la suegra en el lugar que le correspondía, lejos de su hogar. No fue sumisa porque peleó contra el miedo y dijo lo que pensaba, es decir, defendió su derecho a la intimidad. No fue agresiva porque no insultó a su suegra, no le faltó el respeto e incluso hizo énfasis en que la quería. Marta fue digna, pese al costo y a la manipulación familiar.



Un caso de asertividad en el que la meta es sentar un precedente.


Aunque Marta logró modificar la conducta de su oponente, la asertividad no siempre alcanza este objetivo. Hay ocasiones en que es imposible producir un cambio en el entorno. En tales casos el comportamiento asertivo se dirige a la emoción y no al problema, es decir, a regulara el estado emocional mediante la expresión honesta de lo que nos está haciendo sentir mal. En muchas circunstancias expiar, decir, manifestar, sacar la vieja información y “derramar” lo que nos mortifica puede ser tan sano y recomendable como modificar el ambiente externo.


Los datos disponibles en psicología de la salud son contundentes al demostrar que la expresión del sentimiento de insatisfacción o de ira es beneficiosa, tanto para la autoestima como para el organismo. La conducta asertiva no necesariamente debe generar un cambio en los demás, aunque a veces lo logra. Hay que tener en cuenta que la expresión de la propia emoción es importante en sí misma.


Recuerdo el caso de una joven preadolescente, a quien la mamá, luego de haberle dado permiso para ir al cine, se retractó y dijo que no podía ir. La muchacha, que tenía una cita “amorosa” de carácter impostergable, no demoró en pedir explicaciones por el cambio de parecer de su madre. Después de un intercambio prolongado de opiniones y requerimientos de parte y parte, la conclusión maternal fue categórica: “¡No, porque no, y punto!”.


Ante semejante posición y viendo la imposibilidad de asistir a su cita, la joven se retiró indignada a su cuarto. Al cabo de unos minutos, regresó con una carta que acababa de escribir y la leyó en voz alta. Ésta decía:


“Mira, mamá, yo soy menor de edad y tú tienes el control pero eso no significa que todo lo que tú digas esté bien, porque después de todo, aunque no lo creas, eres humana y puedes equivocarte. No acepto un: “¡No, porque no, y punto!”. Y a pesar de que no vaya al cine, quiero que sepas que no estoy de acuerdo con la manera impositiva en que haces las cosas. Quiero dejar constancia de la injusticia que se está cometiendo conmigo en esta casa. Y también quiero dejar en claro, que aunque tengas el derecho a cambiar de opinión, yo tengo el derecho a que se me den explicaciones razonables y a discrepar. Dialogar es mejor que imponer. Me quedo sin salir, pero no me gusta lo que ocurrió”.


Cuando terminó su discurso, le entregó una copia de la misiva a su madre, una al papá y otra al hermano menor que apenas sabía leer. Después agregó: “Ya me siento mejor”, y se retiró a sus “aposentos” con cara de misión cumplida. La señora, desconcertada y sin saber qué hacer, decidió pedir ayuda. Cuando llegó a mi consultorio expresó así su motivo de consulta: “Quiero que vea a mi hija, doctor… Se me está yendo de las manos, está cada vez más grosera y maleducada… No sé qué voy a hacer…”. Ambas fueron mis pacientes.


Repito: Dejar constancia de la divergencia y expresar un sentimiento de inconformidad, aunque no genere un cambio inmediato en el ambiente, es un procedimiento que fortalece la autoestima y evita la acumulación de basura en la memoria.


Es mejor decirlo “aquí y ahora”, que tratar de sacarlo después cuando el problema ya echó raíces en el disco duro.



La asertividad debe calibrarse


Muchas de las personas que intentan pasar de la sumisión a la asertividad se pasan de revoluciones y caen en la agresividad. No obstante, el mecanismo pendular sumisión /agresión va acomodándose hasta encontrar un equilibrio funcional y saludable. Mientras ello ocurre, hay que estar atento.


Sofía estaba casada con un hombre que la maltrataba psicológicamente. Su motivo de consulta era claro y específico: “Quiero hacerme respetar… Me siento muy mal conmigo misma… Cuando él me insulta o me hace a un lado, me quedo callada como si yo mereciera el castigo… No sé defenderme y además creo que le tengo miedo… Me cansé de agachar la cabeza… Quiero hacer algo al respecto…”. Sofía había dado el primer paso.


Cuando le expliqué los principios de la asertividad y lo que perseguía el tratamiento, los ojos le brillaron: “¡Eso es lo que necesito!”. Le di a leer un folleto y le dije que tendríamos unas citas previas de evaluación para profundizar sobre otros aspectos de su vida. A la semana siguiente regresó con una gran novedad: “Doctor, esta técnica es maravillosa. El sábado por la noche llegamos de una fiesta y él empezó a agredirme verbalmente como hace siempre. Yo, de inmediato, me acordé de lo que usted me había dicho sobre la defensa de mis derechos. Entonces tomé un portarretratos y se lo tiré directo a la cabeza… Él se asustó tanto que no hizo nada… Le corté un poco la frente… Pero se lo merecía… ¡Y todo gracias a usted, doctor!”. Me sentí como un boina verde asesorando a un futuro mercenario. Ella estaba eufórica y no hacía más que disfrutar de su “gran momento de asertividad”.


A Sofía le ocurrió lo que a muchas personas oprimidas: la acumulación tóxica hizo explosión. El entrenamiento asertivo había servido de detonante y yo de excusa. Después de una larga sesión pedagógica, ella volvió a la realidad: “Usted no fue asertiva, fue agresiva. El objetivo de la asertividad no es lastimar a otro sino defenderse y autoafirmarse, sentar precedentes de inconformidad e intentar modificar un comportamiento que viola nuestro territorio. Pero, a veces, por más asertividad que usemos, es imposible producir un cambio significativo en la otra persona. En estos casos es mejor recurrir a otras alternativas. Por ejemplo, si alguien pretende abusar sexualmente de usted, la asertividad no le serviría de nada. No está diseñada para la violencia física, aunque puede ayudar. Frente al supuesto violador, el karate o la defensa personal sería sin duda una mejor opción que la expresión honesta de sentimientos.


Pero usted agredió físicamente a una persona que sólo la agredía verbalmente, eso hizo que su posición perdiera fuerza y autoridad moral”.


Su réplica no tardó en llegar: “¿Y qué propone usted? ¿Debería haberme quedado quieta y dejar que me insultara como siempre?”. Le respondí que evidentemente no: “De ninguna manera. Usted puede ser enfática, expresar su ira de una forma adecuada y decir que no está dispuesta a seguir soportando ese trato.


Independiente de la respuesta de su marido, usted habrá expresado y dicho lo que sentía con pundonor”.


Sofía estaba decepcionada de su terapeuta: “¡Valiente gracia! ¿Y de qué me sirve eso? ¿Usted cree que mi solución es quedarme ahí como si nada?”. Entonces le respondí: “Usted lo ha dicho. Hay veces en que la vida nos pone entre la espada y la pared y nos obliga a tomar una decisión crucial. Usted está en ese punto de la encrucijada. La asertividad le permite abrir la válvula de presión para que ejerza el derecho a la oposición, pero si su marido continúa con su conducta y se niega a respetarla, puede hacer uso del derecho a irse, que es mucho más concluyente que el derecho a réplica. La asertividad le permite agotar posibilidades, a la vez que la convierte en participante activa y no pasiva de la situación. Puede partirle un palo en la cabeza o encerrarlo en un armario, pero su liberación debe comenzar por lo psicológico. Usted no debe destruir a su marido, sino al miedo que le impide actuar”. Finalmente Sofía se separó. La asertividad le permitió abrir el camino que va de adentro hacia fuera.


En otro caso, un joven profesor y abogado, se sentía agredido por sus estudiantes, que se reían a sus espaldas, no le prestaban atención en clase y le mandaban notas burlándose de su vestimenta, el cabello y la estatura.


Algunos de ellos le hacían preguntas jactanciosas y otros simplemente lo ignoraban. Tres veces por semana su adrenalina llegaba al techo y su autoestima al subsuelo. Había comenzado a tener alteraciones del sueño, ansiedad flotante, dolores musculares e irritabilidad manifiesta.


Cuando mi paciente descubrió la herramienta de la asertividad, sintió un gran alivio: “No soy el único, al fin podré defenderme”. Dos semanas después llegó a la consulta con paso firme y seguro. Se veía más alto y su barbilla apuntaba al techo, su porte era arrogante, como los abogados que pertenecen a bufetes importantes. Entonces dijo con orgullo: “¡La mayoría suspendió el examen!”.


No niego que a veces la venganza pueda hacernos cosquillas y provocar en nosotros una risita malévola involuntaria, pero como ya dije, la asertividad no pretende hacer una apología de la violencia. El autorrespeto no se logra destruyendo a los que nos molestan, sino desenmascarándolos con valentía. Y como vimos en el caso de Sofía, si la asertividad no fuera suficiente, siempre está la alternativa de la renuncia digna y valiente. En la tercera parte, retomaré el tema del coraje.


El joven abogado, a medida que avanzó en su tratamiento, logró calibrar y reajustar las fluctuaciones de la asertividad hasta encontrar su propio estilo personal. Finalmente, no sin esfuerzo, pudo sobrevivir al grupo.


La asertividad es una herramienta de la comunicación que facilita la expresión de emociones y pensamientos, pero no es un arma destructiva como la utilizan los agresivos. Está diseñada para defenderse inteligentemente.


Cuando la ponemos al servicio de fines nobles, la asertividad no sólo se convierte en un instrumento de salvaguardia personal, sino que nos dignifica.


Extracto de: CUESTIÓN DE DIGNIDAD

Aprenda a decir NO y gane autoestima siendo asertivo.
Autor: Walter Riso

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