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El secreto de las siete semillas. IX.1

 

Habían pasado tres semanas desde que Ignacio se enterara de la muerte de su maestro. Ahora meditaba más tiempo para tratar de recuperar su balance y su paz, pues aquel hecho lo había afectado profundamente. Además, se había volcado íntegro al servicio. Ignacio era un expositor muy demandado. Había aprendido a llegar a las personas. Su estilo era a la vez original y ameno, pero dejaba un profundo mensaje de cambio. Desde la muerte del maestro había aceptado entre tres y cuatro charlas semanales. Dictando las conferencias se sentía cercano a él. Era una forma de devolver todo lo que le había dado en la vida. Cuando terminaba sus conferencias, las personas se acercaban y le daban la mano con franqueza y gratitud. Para Ignacio no podía haber mejor pago que ese gesto de alegría o esa muestra de agradecimiento por ayudarlas a ser más felices. El servicio le había ayudado a liberarse poco a poco del peso de la muerte del maestro, pero en su interior se sentía frustrado por no poder terminar su educación espiritual.

Una noche, Ignacio llegó a su casa después de una conferencia y encontró un sobre extraño encima de la mesa. Era un sobre amarillo tamaño carta, con una letra que no reconocía. Buscó el remitente, pero no había nada escrito en la parte posterior. El corazón le dio un vuelco. Intrigado, abrió el sobre e inmediatamente sintió el olor típico de la casa de su maestro, un tipo especial de incienso que sólo había percibido en ese lugar. Por unos segundos tuvo la idea de que su maestro estaba vivo. Se desesperó, sintió una alegría esperanzadora pero a la, vez mucha incertidumbre. Rasgó el sobre con las manos crispadas por los nervios y cayeron al suelo unas semillas. Sacó rápidamente unos papeles que estaban en su interior y empezó a leerlos con angustia:

Ignacio, ya te habrás dado cuenta de quién escribe esta carta. Cuando la recibas, yo ya no estaré en el plano material. Tengo la intuición de que mi muerte está cercana y preparé para ti este sobre con información sobre la última semilla. Di órdenes precisas para que si algo me sucediese, te lo hicieran llegar. Si lo estás leyendo es porque finalmente ocurrió. Quiero que sepas que las personas que meditamos muchos años, aún en vida tenemos la posibilidad de visitar el plano espiritual y fundirnos con Dios. Yo ya había logrado fundirme con Dios y, créeme, es maravilloso.

Ignacio no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: ¡era una carta de su maestro! Retrocedió y empezó a leerla nuevamente. Quería saborear y disfrutar cada palabra. Era como si de algún modo volvieran a estar juntos. Lo invadió una sensación de inmensa paz y felicidad. Su maestro no lo había defraudado; hasta había pasado por encima de su propia muerte para seguir enseñándole. Después de releer el primer párrafo, continuó avanzando.

En primer lugar quiero decirte que un maestro nunca deja a su discípulo. Nuestra relación es para siempre. Yo estaré contigo, en este plano y en el que vendrá cuando termines tu vida material. Tienes que saber que aunque no estoy físicamente al lado tuyo, mi espíritu te acompaña a cada momento. Para mí, lo más importante es que mis discípulos crezcan y se desarrollen. Esa es mi misión. Jamás te iba a dejar, Ignacio, sin darte la ultima semilla. Créeme que ahora, en lo que te queda de vida, estaremos más cerca que antes. Antes nos separaban varios kilómetros. En el plano en donde estaré no existe separación. Todos somos uno. Ese uno es la energía de Dios.

Ignacio estaba emocionado y enternecido por el inmenso amor de su maestro. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y su cara tenía dibujado un gesto de dulzura. Continuó leyendo.

Esta vez te diré el mensaje de la semilla antes de que la plantes. La séptima es la semilla de la libertad y está representada por el árbol de hunco. Este árbol tiene la particularidad de ser totalmente flexible. Tiene la capacidad de soportar vientos huracanados y hasta de doblarse y colocarse en posición horizontal. Su flexibilidad le da libertad total de movimiento. Lo único que es rígido y no se mueve es su raíz. El árbol tiene una raíz fuerte que lo arraiga al suelo y le sirve de centro para poder mantener su libertad de movimiento. A diferencia de las otras semillas, el árbol de hunco tiene muchos mensajes de sabiduría. Si bien es cierto que la palabra libertad resume su mensaje, permíteme explicarte todo lo que representa este pequeño arbolito.

Primero, nos da un mensaje de flexibilidad. Nos dice que en la vida debemos tener la libertad de adaptarnos a los vientos del cambio. Si el hunco fuera rígido, cualquier viento fuerte lo podría quebrar. Tu propia vida es un ejemplo de cambio; mira todo lo que te ha costado, pero también toma conciencia de los beneficios de haberlo hecho. En el plano material todo cambia minuto a minuto, empezando por tu propio cuerpo a medida que envejeces. Cambian las estaciones, el clima, la naturaleza, la tierra. Cambian la tecnología, los negocios, las culturas. En fin, todo cambia. Lo único que no cambia, Ignacio, es tu espíritu. Puedes hacer hielos de muchas formas y tamaños, y si los dejas afuera de la refrigeradora se podrán derretir. Puedes colocar esa agua en recipientes de diversas formas. Finalmente puedes hervir esa agua y evaporarla. Diversas formas, una variedad de cambios, pero el agua sigue siendo agua y tu espíritu seguirá siendo tu espíritu para siempre.

Ignacio, actúa como el hunco, no seas rígido en tu vida y estate dispuesto a cambiar y ser flexible. Recuerda el secreto de que nuestra verdadera esencia nunca cambia y no tengas miedo. El ser humano está preparado para el cambio. Para protegemos, nuestro cuerpo cambia sin problemas. Por ejemplo, cuando tenemos frío, nos hace tiritar. Esto fricciona nuestros músculos de la boca y produce calor. Cuando tenemos calor, sudamos. Al evaporar agua de nuestro cuerpo, eliminamos calorías y reducimos nuestro calor. Cuando cambiamos de claridad a oscuridad, nuestras pupilas se dilatan para ver mejor. Como ves, nuestro cuerpo está preparado para cambiar; pero desgraciadamente nuestras mentes no. Para simplificarnos la vida, nuestra mente genera hábitos, que son conductas que nos han dado buenos resultados en el pasado y que repetimos subconscientemente. Es algo similar a cuando caminamos en la arena y vamos dejando nuestra huella. Si fue un buen camino y nos llevó adecuadamente a nuestro destino, entonces lo repetiremos. Pero después de caminar por él unas cuantas veces, la arena se solidifica, haciéndonos más fácil transitar el camino y dándonos mayor confianza.

Así son los hábitos. Son caminos o conductas que recorremos constantemente y que nos dan seguridad porque antes nos han funcionado. El gran problema que tenemos es que las cosas cambian, nuestras metas cambian y nosotros queremos seguir usando el mismo camino aunque ya no nos lleve a nuestros objetivos.

Cuando un barco navega en el mar, va dejando una estela que marca su camino. Ese camino permanece dibujado por un tiempo, pero, a diferencia del camino sobre tierra, después desaparece y no deja huellas. El barco navega a través del mar haciendo un camino nuevo cada vez. Este es el reto del ser humano: tener el valor de crear nuevos caminos y dejar las rutas conocidas, para mejorar y crecer.

Ignacio dejó la carta sobre la mesa y dio un par de vueltas por la habitación. Tenía demasiadas cosas en qué reflexionar. Al cabo de quince minutos, retornó la lectura.

Muchas tardes, mientras viví en Lima, me senté a observar a las personas que hacían parapente en la Costa Verde. Antes de que se pusieran el equipo, me imaginaba que si se tiraban por el precipicio su destino era simplemente caer a los acantilados, atraídos por la fuerza de gravedad. Pero cuando tenían el parapente abierto, la corriente de aire ascendente las impulsaba hacía arriba y podían volar por las alturas hacía donde quisieran. Lo mismo le ocurre a la mente humana. Cuando está cerrada y no tiene una actitud favorable al cambio, la fuerza de gravedad de los hábitos la lleva por los mismos caminos y muchas veces eso significa ir directo al acantilado. Cuando abrimos nuestro parapente mental y estamos dispuestos a cambiar, surgen corrientes naturales ascendentes que nos elevan y nos hacen crecer. Pero cambiar y ser flexible no es fácil, Ignacio. El primer enemigo será tu ego. El ego es el que más tiene que perder pues se siente el mejor, el más competente, el más exitoso. Cambiar implica asumir el riesgo de equivocase y esto nos hace vulnerables, que es exactamente lo que el ego no quiere.

Ignacio, cada día de tu vida haz el esfuerzo de pasar encima de tu ego y darle la bienvenida al cambio. Cuestiona tus conductas, tus creencias, tus supuestos, tus prejuicios y lo que te dice tu percepción. Recuerda que el agua del mar de lejos se ve azul, pero de cerca es transparente. Las cosas no siempre son lo que aparentan. No te dejes convencer por lo evidente, por lo conocido, y atrévete a retar lo establecido. No tengas miedo de explorar nuevos territorios.

Cuentan que unas ranas caminaban por un estanque y dos de ellas, una gorda y una flaca, cayeron a un hueco profundo. Las dos empezaron a saltar y tratar de salir del hueco, pero ningún intento tenía éxito. Mientras tanto, las otras ranas que se habían quedado arriba, gritaban: “¡Ánimo, ustedes pueden, vamos muchachos!”. Sin embargo la rana gorda, al ver que era prácticamente imposible salir, decidió abandonarse y morir. La delgada, en cambio, seguía intentando salto a salto. Después de un tiempo sus compañeras ya no la animaban. En su lugar le decían: “No sigas, ya no tiene sentido, te vas a morir igual, es tu destino, acéptalo”. Pero la rana seguía y seguía intentando. Las ranas de arriba estaban desesperadas, le decían: “No seas injusta, no sigas intentando, piensa en nosotras, estamos sufriendo viéndote allí, ya muérete y acepta tu destino”, Pero la rana siguió, hasta que en un salto tuvo suerte, cogió el borde del hueco y pudo impulsarse para salir. Ya fuera del hueco, la rana cayó exhausta al suelo y las otras se acercaron a verla. Le dijeron: “¿Cómo pudiste? Nosotras te decíamos que no siguieras, ¿cómo pudiste continuar a pesar de nuestro mensaje negativo?”. La rana, agotada, les dijo: “Lo que pasa es que soy bastante sorda… y pensé que me estaban animando a seguir”.

Ignacio, cuando cambies, tendrás que ser sordo como la rana de la historia. Todos te dirán que no lo hagas de esa forma, que así no funciona, que te irá mal, que te arrepentirás, y tratarán de desanimarte. Es normal; a las personas les molesta cambiar sus hábitos, como te mencioné anteriormente. Pero no hagas caso y sigue adelante con cautela.

Ignacio detuvo la lectura y estuvo cerca de diez minutos reflexionando sobre lo leído. Sentía que de todas las lecciones, aquella era la más completa. Entonces entendía lo que había querido decirle el maestro con aquello de que, aunque ya no estaba en el mundo terreno, ellos estarían más juntos que nunca. Luego siguió leyendo.

El otro mensaje de esta semilla, Ignacio, es la sabiduría del desapego. En la superficie, el hunco no está apegado a nada, fluye con los vientos y no les ofrece resistencia como otros árboles rígidos. Debajo del suelo, el hunco tiene sus raíces arraigadas y apegadas a la tierra. Los seres humanos debemos ser como el hunco, libres y no arraigados a lo superficial, a los bienes materiales y las formas. Nuestro arraigo debe estar sólo en las profundidades de nuestro ser, en lo más importante que tenemos, en lo que nunca cambia, en nuestro espíritu. Estar desapegado no significa que las cosas no te importen, significa aprender a ver la verdadera importancia de las cosas. Desapego significa entender que en este plano material estamos todos en una obra de teatro diseñada por Dios. Que cada uno de nosotros está interpretando algún personaje, pero que todo es irreal. Es una simple obra que termina cuando acaba nuestra vida. Nuestra verdadera vida comienza cuando termina la obra. Los actores no se toman a pecho la trama ni sufren personalmente por lo que pasa en la obra. No se angustian por los problemas planteados en el guion o por las crisis que pasa su personaje. Saben que están actuando y que la obra terminará y su vida real continuará.

El reto de los seres humanos en la obra de su vida en este plano material es acordarse de que están sólo actuando y que la identidad del papel que interpretan no es su verdadera identidad. Que son espíritus eternos, que han venido a aprender en este plano y participar en el juego de Dios. Dios está jugando a las escondidas con nosotros. Dios hizo toda la creación y luego se escondió en ella. Creó el escenario, los actores, el público y diseñó las características de la obra. Ahora nosotros debemos damos cuenta de que sólo es eso, un papel que interpretamos, y debemos encontrar nuestra verdadera identidad, ese pedacito de Dios que está en nosotros, en nuestro espíritu. Dios hizo la creación para vivir la felicidad de encontrarse a sí mismo poquito a poco, espíritu a espíritu. Es por eso que cuando meditas sientes tanta felicidad y paz; es ese el momento en que un pedacito de Dios se encuentra con Dios y sientes la naturaleza de tu verdadera esencia. Ignacio, ante los vientos de las dificultades, actúa como el hunco. No te aferres a nada salvo a tu raíz, a tu alma. Cuando pases momentos difíciles, cuando pierdas algo material que consideras importante, cuando se presenten circunstancias que te amenacen, recuerda que estás jugando un papel en la obra. No te angusties, no te lo tomes a pecho, no te molestes ni te comprometas negativa y emocionalmente. Toma distancia, asume una posición de observador y recuerda tu verdadera esencia.

Recuerda que el objetivo de esta vida es encontrar ese pedacito de Dios dentro de ti y vivir cada momento en felicidad y paz. Eso depende de ti. Tú no puedes controlar los estímulos externos amenazantes, pero lo que sí puedes hacer es aprender a sentir a Dios en cada momento de tu vida, con tu respiración y la meditación. Cuando estás en la playa bañándote y sube la marea, te mueves de sitio para que el mar no inunde tu sombrilla. Cuando baja, lo haces para estar más cerca del mar y no tener que caminar tanto para bañarte. Si sube o baja la marea, no te preocupas y te bañas feliz. La vida es cíclica como las mareas. A veces nos va bien y a veces no tanto como quisiéramos, pero debemos aprender a bañarnos felices en la vida, al margen de las mareas.

Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

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El secreto de las siete semillas. VIII

Seis semanas después de su reunión con el maestro, Ignacio había hecho un serio esfuerzo por seguir sus indicaciones. Había contratado una persona que enseñara a su esposa la elaboración de una variedad de platos de comida vegetariana. Había dejado las carnes rojas por completo, pero todavía comía pollo y pescado un par de veces por semana. Aproximadamente el setenta por ciento de su alimentación era lo que el maestro denominaba comida sátvica. Había bajado de peso y se sentía más ligero y saludable. También había dejado de lado todas las bebidas alcohólicas. Pensó continuar tomando vino, pero como su dieta era principalmente vegetariana, el vino le comenzó a caer pesado al estómago y también fue reduciendo su consumo, pues era como esos avisos que podía enviarle el cuerpo y que, según el maestro, debían ser escuchados. La televisión también se fue espaciando cada vez más. La primera semana le fue muy difícil porque sentía que algo le faltaba. Quería ver las últimas noticias, desconectar su mente frente al televisor o simplemente escuchar un poco de bulla a su costado. Pero no había cedido ante las presiones de su hábito. Ahora, en la sexta semana, ya se había acostumbrado a no ver televisión y le resultaba asombroso todo el tiempo que había ganado para leer y pensar. Sólo tomaba un café en las mañanas, pues aunque intentó dejarlo, no lograba despertarse y estar alerta para trabajar. Era evidente que la cantidad de cafeína que consumía antes lo tenía acelerado. Ahora se sentía mucho más tranquilo y podía meditar mucho mejor.

Finalmente había bloqueado su semana, tal como le recomendara el maestro. Su problema era que todavía no podía estar consciente de todas las interrupciones. Las personas entraban a su oficina y a veces se dejaba llevar por ellas. Terminaba usando su valioso tiempo destinado a actividades alineadas con su misión, en trabajos sin una verdadera importancia. En las oportunidades en que Ignacio se daba cuenta de las interrupciones, pedía gentilmente a sus empleados que no lo distrajesen, pero ellos igual se disgustaban pues la costumbre era más fuerte que la nueva política.

Ignacio se había aparecido de un día para otro con aquello del bloqueo de tiempos para trabajar en lo importante, pero en la empresa le llamaban la política de bloqueo de puertas. Algunas personas aceptaron el reto, otras querían ser escuchadas a cada minuto, como siempre. En realidad, la principal motivación de estos empleados era estar cerca de Ignacio, ser reconocidos, sentirse importantes y con algo de poder. La mayoría de las interrupciones eran innecesarias y generalmente estaban guiadas por el ego de sus subordinados. Ignacio favorecía una política de puertas abiertas, pero sabía que su gente debía aprender a trabajar sola. Ellos debían tomar decisiones por su cuenta y sólo lo debían interrumpir cuando existiera algún asunto verdaderamente importante. Incluso se había tomado el trabajo de revisar todas sus funciones y había delegado la mayoría entonces se dio cuenta de que hacía una enorme cantidad de labores rutinarias que le quitaban tiempo.

Sin embargo, no le era fácil. Sentía un vacío en su pecho. Ahora veía que en su oficina se tomaban una serie de decisiones sin consultarle. Esto no lo hacía sentirse bien. Sentía que ya no era importante, que no lo necesitaban. Se daba cuenta de cómo su ego le pedía a gritos que no delegara, que retomara el poder. Pero además de la adicción del ego al poder, a Ignacio le daba pena dejar de hacer una serie de actividades no importantes, pero de las que él disfrutaba. Eran actividades que había hecho toda la vida, que las hacía bien, pero en realidad no era indispensable que él mismo las ejecutara. Ignacio se daba cuenta de que bloquear su tiempo implicaba ciertos sacrificios, pero estaba seguro de que en el largo plazo su inversión le retornaría con creces.

Había bloqueado tiempo en la semana sólo para pensar, tal como le había aconsejado el maestro, pero no le resultaba fácil. En la oficina, Ignacio estaba acostumbrado a resolver problemas, tomar decisiones y dirigir reuniones. Estar sólo pensando lo sacaba de sus hábitos de trabajo e incomodaba a su ego, que quería estar todo el tiempo en movimiento, dirigiendo, siendo importante, tomando decisiones trascendentes. Sin embargo, era consciente de que estos espacios de tiempo lo ayudaban a organizarse, a trabajar en actividades pendientes y sobre todo a anticiparse, a planificar e innovar su negocio.

Los fines de semana no hacía nada referido a la oficina; los dedicaba íntegramente a su familia. Al comienzo tampoco le fue fácil. Se sentía culpable, como en esos días de domingo cuando estaba en el colegio y no había hecho la tarea. No trabajar el fin de semana le traía memorias subconscientes angustiosas. Sentía que lo iban a castigar y a regañar. Pero después de seis semanas le fue más sencillo. Estaba descubriendo la sensación maravillosa de jugar con sus hijos todo el fin de semana. Cada vez que lo hacía terminaba agotado, pero con una sensación de amor que llenaba su pecho de alegría. Ahora no se cambiaba por nadie del mundo; había descubierto un tesoro que, sin verlo, siempre tuvo al frente.

Después de seis semanas sentía que no lo hacía perfecto, pero que había avanzado lo suficiente como para ver nuevamente al maestro. Ignacio estaba ansioso por recibir la última semilla. Tomó su auto y se dirigió a la casa del maestro. Cuando llegó, a diferencia de otras veces en que le abrían rápidamente después de tocar el timbre, nadie contestaba. Ignacio insistió varias veces, pero parecía que no había nadie en la casa. No comprendió y se fue entre frustrado e inquieto. Nunca antes había tenido un problema similar. Se tranquilizó pensando en que quizás el maestro había tenido que salir a alguna parte, o quizás había salido de viaje al interior del país. A fin de cuentas, la vida del maestro no giraba alrededor de la suya; un hombre como él debía de tener mil asuntos pendientes y otras tantas atenciones que dedicar a los demás. Ignacio sentía muchas ganas de verlo, quería contarle todos sus avances, pero sobre todo quería la siguiente semilla. Decidió visitar al maestro al día siguiente.

Nuevamente, nadie respondía al timbre. Ahora sí estaba preocupado. Era de noche y todas las luces estaban apagadas. No sabía qué hacer, a quién preguntarle. Nunca pensó en la posibilidad de que no le abrieran. Durante años estuvo visitando al maestro sin haber tenido nunca algún problema. Se sentía perdido, desconcertado, pero a la vez asustado. Empezó a pensar lo peor: “¿No será que le ha pasado algo?”. La casa se veía vacía, no había ningún sonido. “¿No será que se ha marchado a su país? ¿Pero sin decirme nada? No, eso es imposible”, pensó. Ignacio sentía que el maestro lo apreciaba bastante y, como él mismo había dicho, un buen maestro jamás abandona a su discípulo. Jamás se marcharía de esa forma. Se sentía angustiado, pero trataba de controlarse. Para calmarse, empezó a concentrarse en la respiración y así se tranquilizó un poco. Hasta en ese momento las enseñanzas del maestro le servían para enfrentar la angustia de la ausencia del propio maestro. Pensó que debería haber una explicación lógica. Se dirigió a la casa colindante y dubitativamente tocó el timbre. Una señora de unos sesenta años abrió la puerta. Ignacio le dijo:

–Señora, disculpe, me llamo Ignacio Rodríguez. Durante años he estado viniendo a la casa vecina a conversar con un maestro de la India. ¿Me puede decir algo de él? ¿Usted sabe si se fue de viaje a algún lado?

–¿Se refiere al hombre de túnica anaranjada y con barba blanca, que salía a caminar todas las mañanas?

–Sí, a ese mismo –a Ignacio se le iluminó el rostro, pues evidentemente la mujer podía darle alguna información.

A la señora le cambió la cara. Se puso seria, bajó la cabeza e hizo un movimiento como si estuviera negando algo. Ignacio interpretó ese gesto como si algo gravísimo le hubiese ocurrido al maestro.

–¡Dígame qué pasa! ¿Qué le ha pasado al maestro? –insistió Ignacio con la voz entrecortada.

–Disculpe, lo siento mucho, a su maestro lo atropellaron hará unas tres semanas, cuando salía de su casa. Un borracho lo embistió y se dio a la fuga. Una vecina lo encontró desangrándose y llamó a la ambulancia, pero cuando llegó él ya había fallecido. A la vecina le llamó la atención que mientras agonizaba, ese señor tenía en su rostro algo parecido a una sonrisa.

Ignacio escuchaba a la señora en estado de shock. Sintió ganas de llorar pero se contuvo. Aquello, lanzado sobre él como un aluvión, era demasiado. Las piernas le temblaban y una enorme sensación de disgusto lo llenaba de una rabia desconocida, una rabia impotente, pues no tenía cómo canalizarla ni contra quién descargarla. Se sentía repentinamente estafado, pero no por el maestro ni por sí mismo sino por algo misterioso, algo mucho más allá de su comprensión de las cosas. Aquello no era justo, de ninguna manera podía entenderse que cosas así ocurrieran. Para él, el maestro era una especie de santo, un personaje mágico que nunca podía morir. Fue el padre y la madre que nunca tuvo; sentía un amor de hijo muy profundo hacía él. Desde que lo conoció se sentía seguro y protegido por esta madre mágica. Ahora que ya no estaba, ¿qué iba a ser de su vida? ¿Quién le iba a enseñar? ¿Quién iba a escuchar sus problemas? ¿Quién le iba a aconsejar, a transmitir sabiduría y a cuestionarlo? Finalmente, ¿quién le iba a mostrar ese cariño tan desinteresado, ese amor tan compasivo que lo había enternecido y sensibilizado? Sentía que la vida era muy injusta con él. En el momento fundamental en que estaba mejorando y progresando, le quitaban su única oportunidad de crecer. Otra vez la rabia impotente, la sensación de estafa y el miedo le llenaron el alma. Tenía un nudo en la garganta, un sollozo ahogado, una pesantez horrible en el estómago y una constelación de frías gotas de sudor sobre la frente.

–Cálmese, señor –le sugirió la señora con un gesto amable y una sonrisa algo forzada–. Ahora su amigo descansa en paz.

Estas palabras lo hicieron despertar de su trance emocional. Ignacio se dijo a sí mismo: “Un momentito, aquí estoy lamentándome de mi suerte pensando en qué voy a hacer yo ahora. Estoy pensando en todo lo que he perdido, totalmente centrado en mí mismo. Pero no estoy pensando en mi maestro. Es cierto lo que dice la señora, mi maestro está ahora mejor que antes. Su espíritu está libre de ataduras y limitaciones carnales y se encuentra más cerca de Dios”.

Al principio aquello le sonaba autoimpuesto, como si se tratara de una vocecilla interior que le exigía estar en guardia contra su propio egoísmo, pero que a la vez pretendía consolarlo de aquella pérdida irreparable. Se dio cuenta de que toda su angustia no venía de la tragedia que le había ocurrido al maestro; era más bien un sufrimiento egoísta, que se concentraba en las consecuencias de no tenerlo a su costado. Estas palabras internas lo tranquilizaron un poco.

–Mire, señor –continuó la vecina–, aquí me han dejado la llave para que las personas amigas del difunto que tengan alguna pertenencia en la casa puedan sacada. ¿Quiere entrar?

Ignacio accedió dubitativo. No sabía si podría soportar la pena de estar en el cuarto de su maestro y saber que nunca más lo volvería a ver.

Entró a la casa. A diferencia de otras oportunidades en que se percibía una energía de amor y paz, esta vez el recinto se sentía vacío. Recordó aquel verso que tanto había leído cuando joven: una casa viene al mundo no cuando la acaban de construir sino cuando empiezan a habitarla. La vida y el espíritu de aquella casa lo constituía el maestro que vivía en ella. El jardín estaba secándose y el pasto estaba amarillo. Ignacio entró y se dirigió al cuarto donde tantas veces había acudido buscando los ojos transparentes de aquel hombre. Estaba exactamente igual que cuando el maestro vivía. La foto de sus maestros, su cama, sus cojines y su cómoda. Ignacio sintió una nostalgia profunda y un insoportable deseo de tener cerca a su maestro.

Se sentó en silencio a meditar en el cojín donde usualmente conversaba con él. Apenas había iniciado la meditación, le vino un pensamiento que lo levantó del cojín: “No tengo ninguna foto de mi maestro”. Ignacio buscó por si había alguna en las paredes, pero no. Luego se dirigió a la cómoda y abrió el primer cajón. Estaba lleno de cartas escritas en un idioma extranjero muy raro. “Probablemente hindú”, pensó. Abrió el segundo cajón y encontró un estuche de plástico, parecido a los que dan las agendas de viaje. “El pasaporte”, pensó Ignacio, “debo sacar la foto del pasaporte”. Abrió desesperadamente el estuche y encontró unos documentos en inglés pertenecientes a una corporación aparentemente británica. Siguió revisando con mucha intriga y encontró un carné de identificación de un ejecutivo de la empresa, con una foto. Era una persona de origen hindú, pero vestida: con ropa occidental. Tenía el pelo corto, facciones finas y unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Siguió buscando en el sobre y encontró más fotos de la misma persona en la ciudad de Londres. Una de ellas le llamó especialmente la atención. En esa foto, la misma persona se había dejado barba y estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Miró fijamente la foto y de golpe se dio cuenta de que era su maestro, pero muchos años atrás. ¿Cómo era posible? ¿Acaso su maestro había sido ejecutivo de una corporación? Él siempre estuvo seguro de que había algo raro. No podía ser que un maestro espiritual supiera tanto de negocios. Sus consejos habían sido tan valiosos porque los aterrizaba muy bien en la empresa. Pero ¿cuándo?, ¿cómo? y ¿por qué se había introducido en el mundo espiritual?

Ignacio se dio cuenta de que mientras estuvo con el maestro había permanecido tan centrado en sí mismo, tan egocéntrico, que jamás le había preguntado sobre su vida, de dónde venía, cómo era su familia, cuál era su historia personal o simplemente cómo se sentía. El maestro siempre había tenido la humildad de no hablar sobre sí mismo; todo su tiempo lo había orientado a servirlo, amarlo y ayudarlo. Ignacio se percató de que había tomado su existencia como un hecho, asumiendo que era un derecho recibir su ayuda y guía. Pero nunca se había dignado a decirle un simple “gracias, maestro”. Nuevamente el maestro, con sus actos e incluso ya sin vida, le brindaba una lección.

Ignacio salió, tomó su auto y se dirigió a su casa. Ya en su jardín fue a ver sus plantas, que eran, además de su anillo, los únicos recuerdos físicos que le quedaban de su maestro. Cuando estuvo al frente de las plantas sintió ganas de llorar; lo extrañaba mucho y no se resignaba a dejar de verlo. Miraba las plantas y recordaba su transformación como persona. Por primera vez tomaba conciencia de cuánto lo apreciaba y necesitaba. Se daba cuenta de todo lo que el maestro había hecho por él, de la ayuda desinteresada que le había dado. Una lágrima resbaló desde su ojo derecho y luego lloró por varios minutos.

Llorar lo ayudó a sentirse mejor. Habían pasado más de dos años desde que iniciara sus conversaciones con el maestro y al frente suyo, en las plantas, estaban todas las etapas por las que había pasado. Recordó lo necio que había sido cuando tuvo su primera reunión con el maestro. Lo ignorante que era acerca de su propia vida y del camino que debía recorrer para ser verdaderamente feliz. Con una sonrisa, recordó cuando fue donde el maestro molesto porque su semilla no crecía. Ahora tomaba conciencia de que quien estaba molesto en esa ocasión era su ego, que no soportaba la posibilidad de que él no supiera sembrar. Recordó cómo el maestro le enseñó que sus conductas del presente estaban asociadas a su pasado. Luego vio la mimosa púdica, y reconoció el rol de la meditación en su vida. Conocer y aceptar su pasado le había permitido limpiar sus nudos emocionales, entender sus carencias de cariño, desbloquearse y empezar a sentir. La meditación, en cambio, le había permitido sumergirse en un océano de amor interior, perforar las profundidades de su espíritu y traer a la superficie de cada día sus inagotables reservas de amor. Sólo unos minutos al día de ponerse en contacto con su alma le permitían vivir más en paz y en contacto con la divinidad.

Luego, Ignacio observó la rosa. Pensó que el maestro debió escoger, en vez de la rosa, una enredadera. Sentía que su ego se enredaba en todos los aspectos de su vida. Lo tenía pegado con fuerza y debía hacer grandes esfuerzos para separarlo. Era como una hierba mala difícil de remover. El ego seguía muy presente después de estos dos años, pero por lo menos algunas veces ahora se daba cuenta de que existía, y entonces lo podía controlar. La cuarta semilla correspondía al árbol de mango, que representaba el servicio desinteresado. Jamás en su vida Ignacio imaginó estar dictando conferencias sobre espiritualidad en las empresas ni preocupándose por terceras personas. Pero tampoco imaginó jamás lo maravilloso que podía sentirse alguien al hacerlo. La quinta semilla era el girasol, la de la toma de decisiones éticas. Ignacio había aprendido a disfrutar la sensación de integridad, de unión con su alma y de felicidad que sentía cuando lo que hacía estaba alineado con las cualidades innatas de su espíritu. El secreto de la quinta semilla lo ayudaba a filtrar sus decisiones y acciones para no alejarse de este sendero.

Finalmente, la última semilla que recibió del maestro era la del pino, la que le había ayudado más pragmáticamente. Estaba claro que la necesitaba. ¿De qué le servía conocerse a sí mismo, meditar, controlar su ego, reflexionar éticamente y servir si toda su vida era un desorden y un desbalance? La sexta semilla le había permitido tomar el control de su vida y dirigirla hacía las cosas más importantes, definir y fijar sus prioridades.

Pero ¿cuál era la séptima? Ignacio recordó que se la había pedido al maestro, pero él no había querido dársela. Se preguntaba: si el maestro tenía poderes extrasensoriales y una extraordinaria intuición, ¿por qué no intuyó que sería atropellado o que algo le pasaría? “Quizás realmente nunca tuvo poderes. Quizás simplemente lo idealicé”, pensó Ignacio. Aun con las dudas sobre su maestro, Ignacio se sentía frustrado por no terminar su preparación espiritual. Sentía que había estado subiendo un muro con una escalera en la que cada peldaño era una semilla. Sin embargo, en el último peldaño la escalera se había roto. No podía seguir subiendo y nunca vería lo que existía al otro lado del muro.

Ignacio se quedó en su jardín meditando un largo rato. Su meditación esta vez fue especialmente intensa. A medida que se concentraba y dejaba de lado sus pensamientos, fue experimentando un sentimiento de profundo amor y unidad con el todo. La muerte del maestro había hecho aflorar su espíritu y lo sentía en todo su ser. Poco a poco, fue transformando su pena y dolor en una sensación de paz y tranquilidad.

Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

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Nov
12

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El secreto de las siete semillas. VII

 

Había tratado de incorporar el secreto de la semilla del girasol en su vida. Cuando evaluaba la toma de una decisión en los negocios, ya no sólo consideraba aspectos económicos o de resultados; también evaluaba si la decisión estaba alineada con la luz. Reflexionaba éticamente y se cuidaba de filtrar acciones que no encajaran con sus valores más profundos. Ignacio sentía que la vida siempre le ponía por delante varias alternativas de decisión que lo podían llevar a diferentes caminos. Entre las múltiples opciones él debía decidir, y abrir la puerta de aquella que coincidiera con la llave de sus valores. Sólo tenía que darse el tiempo necesario para probar la llave en las diferentes puertas, reflexionar éticamente y luego decidir.

Por otro lado, Ignacio había seguido dando conferencias. Su tema, la espiritualidad en los negocios, era tan novedoso que gustaba mucho a los ejecutivos de empresas. Ignacio no cobraba; era su servicio, su darma. Al dictarlas se sentía muy feliz y realizado. Al final de sus conferencias varios ejecutivos le pedían que los orientara para entrar en el camino espiritual. Tenía claro ahora que su misión en la vida era llevar espiritualidad al mundo de la empresa.

Ignacio se había percatado de que todos sus libros modernos de liderazgo y management estaban alineados con las enseñanzas milenarias de su maestro. Temas como equipos autodirígidos, empowerment, comunicación interpersonal y cambio estaban relacionados con el enfoque espiritual. Por ejemplo, para trabajar en equipo se requería dejar de pensar en intereses egoístas y apoyar las metas acordadas en consenso. Se requería dejar de buscar culpables y más bien ayudar a las personas a realizar un mejor trabajo. Eso, simplemente, era asumir una actitud de servicio y evitar que el ego tomara las riendas. La actitud de servicio nacía naturalmente cuando meditaba y reducía gradualmente el ego. En el caso del empowerment, tan de moda en el medio empresarial, para entregar poder en primer lugar la persona debía estar dispuesta a cederlo. Tenía que dejar de pensar sólo en ella y ver los beneficios para la empresa y para la persona que lo recibía. Para hacer empowerment, la persona debía confiar, entrenar, ayudar y sobre todo no ser adicta al poder. Nuevamente, para Ignacio todo se concentraba en la actitud de servicio y amor hacía los demás. Si realmente quería que las personas crecieran y se desarrollaran, no tendría problemas haciendo empowerment.

A pesar de meditar a diario, Ignacio últimamente vivía muy estresado en la oficina. Tenía claro cuál era su misión en la vida y quería dedicarle tiempo. Sin embargo, la crisis, los problemas y las oportunidades en los negocios también le insumían una gran cantidad de tiempo. Quería hacer tanto, pero el día no le alcanzaba y se sentía totalmente tenso y en descontrol. Ignacio quería hacer de todo: gerenciar su empresa, dictar y diseñar conferencias, participar en congresos y entrevistas, escribir artículos, pasar tiempo con su esposa y sus hijos, tener reuniones de negocios, participar en directorios, y simplemente no podía con todo. Se pasaba los sábados y domingos trabajando, y quien más sufría era su familia.

Había transcurrido la larga espera de seis meses desde que Ignacio sembrara la última semilla. Todas las mañanas visitaba el sitio, pero no se veía nada. Suponía que parte de la enseñanza de las semillas era aprender a tener paciencia, pero le costaba mucho. De pronto, esa mañana ya se podía notar un pequeño brote. Su jardinero le informó que se trataba de una pequeña planta de pino.

Como entonces vería al maestro, se propuso estar muy consciente de cada actividad que realizara durante el día de trabajo para identificar dónde estaba su problema y consultarlo luego con el maestro.

Llegó a su oficina. Tenía planificada una reunión de una hora con el gerente de finanzas, para revisar el flujo de caja.

–¿Cómo andamos? ¿Todo va bien? –preguntó Ignacio mientras el gerente tomaba asiento delante de su amplio escritorio. Era una de esas mesas ultramodernas. Eso y su cómoda silla giratoria parecían establecer una barrera de superioridad entre el jefe y su interlocutor. Desde ahí daba la impresión de que el jefe era capaz de controlarlo todo, como desde la cabina de una nave.

El gerente lo miró con rostro serio, pero entusiasta.

– Todó va según lo previsto, pero el asunto es bastan…

–Un momento, disculpa –le interrumpió Ignacio. Había sonado el teléfono.

Empezaron luego de un par de minutos a revisar el flujo de caja. La silla de Ignacio giraba sin cesar, hacía el lado derecho para revisar datos en la pantalla de su computadora y luego hacía el izquierdo para responder las llamadas que no cesaban. El tiempo, para Ignacio, se iba volando; sin embargo, para el gerente avanzaba a paso de hormiga. Y en efecto, Ignacio era una especie de hormiga laboriosa que no cesaba de atender mil cuestiones simultáneas, mientras que el gerente esperaba después de cada interrupción, sin que pudieran ponerle punto final al tema del flujo de caja.

Quince minutos antes de terminar, entró el gerente de márketing.

–Aquí están los textos de avisos de prensa. Échales un vistazo –le dijo a Ignacio en tono perentorio.

En efecto, Ignacio le había pedido revisarlos, y consumió un largo tiempo chequeando línea por línea y haciendo sugerencias. Al final recordó que tenía una cita pendiente con un cliente. Sin haber terminado de revisar los avisos de prensa, le pidió al gerente de finanzas que planificara para el día siguiente otra reunión que les permitiera terminar con el asunto del flujo de caja.

Cuando llegó a la oficina del cliente, era media hora más tarde de lo pactado. Ya había entrado a otra reunión, pero le aceptaba un almuerzo. Ignacio justo había quedado en almorzar con su familia y tuvo que llamar para cancelar el encuentro. Esperó una hora sin hacer nada. Luego se reunió con el cliente a almorzar.

Cuando llegó a su oficina después del almuerzo, decidió invertir su tiempo ayudando al diseñador gráfico a elaborar el arte de un aviso de prensa. A Ignacio le encantaba el márketing, crear avisos… gozaba usando los programas de diseño por computadora. Pero su especialidad era generar titulares creativos para las campañas. Estuvo tres horas en esto, cuando su gerente de logística lo buscó y lo interrumpió.

–Ignacio, un proveedor internacional llamó para confirmar si en una semana se hará el lanzamiento de su producto.

El gerente de producción no sabía nada del asunto. Ignacio saltó de angustia.

–¡Es cierto, caramba, me había olvidado por completo de planificarlo! Es increíble que algo de tanta importancia… –pero volvió a sonar el teléfono e Ignacio echó manos a la obra, es decir al auricular, mientras el diseñador y el gerente de logística se miraban en silencio.

El resto de la tarde lo emplearon en desarrollar un mediocre plan de emergencia para salir del paso. Pero Ignacio se había comprometido a dar una conferencia en una empresa y tenía que salir para llegar a tiempo. No habían acabado el plan de emergencia. Puso los avances en su maletín para trabajarlo en su casa durante la noche y salió volando. Dictó la conferencia con éxito.

Alrededor de las ocho se dirigió a la casa del maestro. Mientras manejaba pensaba que no tenía su vida bajo control. Se sentía como una marioneta totalmente manipulada por las circunstancias. Era evidente que había pasado todo el día como si estuviera sobre una tela de araña. Mientras más se agitaba más se enredaba, sin conseguir llegar al término de casi nada. Sabía que la meditación lo ayudaba, lo tranquilizaba, pero cuando llegaba a la oficina era un carrusel que no paraba y que le era imposible dominar.

Ignacio estaba feliz de ver al maestro. Realmente lo extrañaba. Los seis meses le habían parecido interminables. Le contó sus frustraciones con el manejo del tiempo y le detalló lo que había hecho durante el día.

–Maestro, la verdad es que me siento poco íntegro. Comunico en mis charlas que uno debe meditar para vivir en paz y tranquilidad, pero yo vivo estresado porque el tiempo no me alcanza. No he dejado de meditar. Siento que la meditación me ha hecho una mejor persona, pero en la oficina no logro estar en paz.

–Ignacio, acompáñame al jardín –fue toda la respuesta del maestro, quien se levantó con calma y le hizo un amplio gesto con su mano izquierda.

Ambos salieron hacía el jardín de la casa. El maestro le entregó un recipiente cuadrado, de plástico.

–Llena este recipiente con agua y riega esa palmera –le dijo el maestro señalando una pequeña palmera que se encontraba junto a la puerta de la casa.

Ignacio no entendía por qué el maestro le hacía regar plantas cuando él necesitaba respuestas para sus preguntas. Pero ya lo conocía; a él le gustaba enseñar usando analogías. Ignacio había aprendido a aprender con esta metodología. Le gustaba mucho porque así los conceptos quedaban grabados en su mente. Ignacio cogió el recipiente, lo llenó de agua y se dirigió a la palmera. Pero como el recipiente estaba rajado, el agua se fue filtrando y llegó muy poco líquido a la planta.

Ignacio ya imaginaba que aquello no era una simple rajadura en el balde. “No en balde me ha traído al jardín”, pensó y rió en silencio por el juego de palabras. Poco a poco se había percatado de que con el maestro las palabras y las cosas se disparaban hacía el reino de la alegoría, es decir, cada palabra y cada cosa pertenecían a un registro simbólico del cual podía extraerse alguna enseñanza. No obstante, decidió seguir los pasos del camino por donde lo estaba llevando su maestro.

–Maestro, el recipiente está rajado. ¿No tiene otro para regar la planta? –dijo Ignacio.

El maestro sabía que su discípulo ya había aprendido a esperar sus enseñanzas.

–Ignacio, lo mismo ocurre a los seres humanos. Todos tienen un recipiente de agua que es su tiempo de vida en este plano. Los humanos deciden cómo usarlo. Algunos lo gastan simplemente tirando el agua del tiempo en el desierto; es decir, dedican su vida a actividades poco importantes que no les brindan felicidad ni paz. Otros, como tú, sí orientan su vida hacía actividades importantes, alineadas con lo que realmente quieren para su existencia. Es decir, en vez de tirar el agua en el desierto, la usan para regar la palmera. El problema que tiene la mayoría es que su recipiente está tan rajado de pérdidas de tiempo que les queda poco para dedicarlo a las actividades importantes. Es decir, lo que te ocurrió a ti al tratar de regar la palmera.

Ignacio siempre se sentía superado por algo que no llegaba a comprender totalmente.

–Disculpe, maestro, pero yo no pierdo mi tiempo. Trabajo doce horas diarias. Mi problema es que tengo demasiado trabajo.

–Con el recipiente rajado, puedes trabajar doce horas y aún así no terminarás de regar la planta. No es un problema de horas de trabajo sino de cómo las empleas. El problema contigo es que tus pérdidas de tiempo vienen disfrazadas de una supuesta importancia, por su urgencia. Tú te diste cuenta claramente de que el recipiente estaba rajado; veías salir el agua y tomaste conciencia del problema. Con las “pérdidas de tiempo” en la realidad es muy difícil darse cuenta. Creemos que el agua del tiempo está cayendo en actividades importantes, pero en realidad no es así.

–Pero dígame, ¿en qué he perdido mi tiempo? Todo lo que he hecho es importante.

–Primero definamos qué es lo importante para ti. . ¿Cuál es tu darma o misión en esta vida, lo que realmente quieres lograr al final de vivir en este plano?

Ignacio otra vez se sentía confuso.

–Bueno, ya lo hemos conversado antes –respondió–. Creo que está relacionado con ayudar a espiritualizar el mundo de los negocios. Ayudar a los ejecutivos a darse cuenta de la importancia de vivir con paz y felicidad, al margen de las circunstancias. Hacerles ver la felicidad que dan el servicio y la entrega desinteresada.

El maestro hizo una pausa lenta, como dejando espacio para que Ignacio reflexionara sobre sus propias palabras.

–Si realmente quieres enseñar la importancia de vivir en paz, ¿lo estás haciendo? ¿Qué ejemplo estás dando a los ejecutivos de tu empresa, que te ven correr desesperado entre cita y cita, viviendo en estrés y angustia? ¿Realmente les estás enseñando paz y felicidad al margen de las circunstancias?

Ignacio observaba al maestro con una mirada dócil. Se sentía muy pequeño e ignorante. El maestro, una vez más, le había hecho tomar conciencia de que no era consciente, de que aún tenía mucho que aprender.

–Realmente, de esta forma no estoy cumpliendo mi darma –respondió Ignacio cabizbajo.

–Ignacio, está claro que para ti tu empresa es un medio y ya no un fin en sí mismo. Tu empresa te ofrece un entorno interesante con retos que te permiten crecer. Justamente es difícil mantenerse en paz y felicidad en un entorno así. Pero el fin de todo es desarrollarte como persona para que puedas ser un ejemplo para los otros y servir. Dedícale tiempo a lo importante, Ignacio. Trata de delegar en otros la mayor cantidad de actividades rutinarias, en las cuales tú no aportes un valor. Dales confianza y prepara a las personas que trabajan contigo para que decidan por su cuenta. No actúes llevado por tu ego como el salvador del mundo. No trates de engañarte pensando que si tú no haces las cosas, todo sale mal. Cuida las interrupciones. Uno de tus grandes problemas es que todos te interrumpen. Nuestro ego tiende a deleitarse con la idea de que somos los más importantes, los más consultados, los que tenemos todas las respuestas y soluciones. En el fondo, a nuestro ego le encanta que lo interrumpan, pero a la vez le quitamos tiempo valioso a nuestro espíritu para cumplir su darma.

A Ignacio le costaba trabajo imaginar que las cosas funcionaran sin su omnipresencia.

–Pero maestro, mi gente me necesita; si no los ayudo a tomar decisiones, se paraliza la empresa.

El maestro hizo un gesto que aludía a la palmera que permanecía junto a ellos, sin haber sido regada a causa del balde rajado.

–Yo creo que tú los necesitas más de lo que ellos te necesitan a ti. Aprende a soltar el poder egoísta que quiere ser el centro de todo. Prepara y ayuda a tu gente con amor para que puedan decidir y trabajar por su cuenta sin necesitarte. Dales el agua de tu confianza para que puedan crecer. Una vez vino una señora a pedirme consejo respecto a su hijo de cinco años, que era muy dependiente: a todos lados quería ir con ella, no la dejaba tranquila. El niño era muy inmaduro para su edad; sólo quería que lo cargaran como a un bebé. Yo le pregunté: “¿Señora, usted quiere tener un bebé o un niño?”. La señora se molestó con mi pregunta: “¿Por qué cree que estoy acá?”, me dijo molesta. “Está acá para arreglar el problema de su niño, no para escuchar lo que usted quiere escuchar”, le respondí. Le expliqué que subconscientemente ella era la que estaba creando la dependencia, que en el fondo ella misma no quería que su hijo creciera, quería seguir teniéndolo a su costado, sintiéndose necesitada e importante. Ignacio, eso mismo te pasa: en la oficina con tus subordinados. Las águilas hembras –continuó el maestro– primero enseñan a volar a sus críos siendo ellas el ejemplo. El crío aprende observando mientras crece y se fortalece. La madre observa el peso de su crío, la cantidad y la longitud de sus plumas, y cuando siente que está lista le da un empujón y lo avienta al vacía. El crío se ve forzado a abrir sus alas y a valar. Luego la madre lo sigue de cerca para ayudarlo ante cualquier problema, pero tomando cierta distancia para que el crío no dependa de ella. La naturaleza contiene mucha sabiduría. Sigue los pasos del águila con tu gente: prepáralos, capacítalos y luego lánzalos al vacío para que vuelen solos. Mantente cerca, pero a la vez lejos, para ayudarlos á seguir creciendo y a que logren la independencia.

Ignacio reconoció que una vez más la visión del maestro era irrefutable.

–Está bien, estoy de acuerdo en que si realmente hago un esfuerzo podría delegar gran parte de mi trabajo –afirmó–. Quizás tendría un poco más de tiempo, pero no creo que sería el suficiente. Siento que no me alcanza el tiempo aún para hacer todas las cosas importantes. Quiero diseñar y dar conferencias sobre espiritualidad, quiero sacar adelante mi empresa y hacer de ella un ejemplo, me encantaría escribir sobre estos temas, quiero ayudar, quiero estar con mi familia, necesito hacer deporte y nunca puedo. En fin, no me alcanza el tiempo.

El maestro le hizo un gesto para que lo siguiera a la habitación:

–Me imagino que ya sabes cuál es la planta que salió de la última semilla que sembraste.

Ignacio se sentó sobre el cojín, frente al maestro.

–Sí, es un pino, pero no tengo la menor idea de cuál es la enseñanza que representa.

–¿Qué crees que es lo peculiar de un pino? –le preguntó el maestro mirándolo fijamente y colocando sus largas manos sobre sus rodillas.

–¿La altura? –respondió Ignacio, inseguro.

–Cierto. Es una de sus características, pero lo que hace al pino especial es la simetría de sus ramas. Es un árbol perfectamente simétrico. Esto le da un excelente equilibrio que le permite crecer muy alto y permanecer totalmente balanceado. Además, si tú te subes a la cima de un pino y miras hacía abajo, lo que verás es una masa verde sólida. Cada rama está ubicada de tal manera que no le produce sombra a la otra; así maximiza la absorción de energía solar. Por último, en invierno, cuando en las zonas nórdicas el pino se llena de nieve, la forma de sus hojas impide que esta nieve se acumule y que el pino pierda su equilibrio natural. A diferencia de otros árboles, el pino deja pasar la mayor parte de la nieve y evita un posible colapso por exceso de peso.

El maestro hizo una pausa antes de proseguir.

–Y ahora, ¿entiendes por dónde va el mensaje?–. Al ver que Ignacio todavía dudaba, le explicó–: El mensaje de sabiduría que encierra el pino es el del perfecto equilibrio en la vida. Nosotros, como el pino, también tenemos ramas, es decir, los diferentes papeles que jugamos en la obra de teatro de nuestra vida. Por ejemplo, tú eres gerente de tu empresa, pero además eres padre e hijo. Tienes un papel de amigo, ahora estás jugando el papel de expositor y quieres jugar el de escritor. El secreto, Ignacio, es que debes tratar de equilibrar cada rama o papel que juegas en tu vida logrando el balance perfecto. Debes buscar que, en el largo plazo, un papel no le haga sombra al otro, tal como lo logran las ramas del pino: todas reciben por igual la energía del sol. Por último, en cada papel en tu vida tendrás dificultades y obstáculos. En vez de angustiarte y cargar el peso de los problemas, aprende del pino a permanecer siempre ligero. Deja pasar todo el peso de la nieve de los problemas para mantenerte siempre en equilibrio y poder seguir creciendo. Planifica cada semana de manera que puedas darle tiempo a tus diferentes papeles en la vida.

Ignacio sintió que cada vez el camino era más difícil. Pero al mismo tiempo se sentía capaz de superar los obstáculos.

–Habrá semanas –continuó el maestro– en que por la coyuntura tendrás que darle más tiempo a un papel, pero en el largo plazo debes balancearlo entre todos. Es como un malabarista que tiene varias varillas con platos encima: debe girarlos permanentemente; si no, perderán velocidad y se caerán. Si sólo gira uno de esos platos, el resto terminará en el suelo. Cada papel que juegas en la vida es como uno de esos platos. Si no les das impulso a todos, uno de ellos terminará en el suelo.

–Estoy de acuerdo en que tengo todos esos papeles que jugar –interrumpió Ignacio–, pero ¿cómo diablos logro el equilibrio del pino?

–Cuidando invertir tu tiempo en lo que es verdaderamente importante, y no dejándote arrastrar por las corrientes y los remolinos de lo urgente. Aprende a decir que no a las interrupciones y a los trabajos que te gustan, pero en los cuales no aportas un valor significativo. Deja de asistir a todas las reuniones, confía en tu personal y trata de delegar lo máximo posible para concentrarte en lo que realmente quieres lograr en la vida.

A Ignacio le daba la impresión, a veces, al escuchar al maestro manejarse de ese modo, que aquel hombre, una vez concluidas sus sesiones espirituales, corría a sumergirse en la vorágine de una empresa secreta, donde manejaba codo a la perfección y sabía cómo enfrentar cada problema.

–Maestro, usted me habla como si supiera, como si hubiera vivido todo esto anteriormente, como si hubiera gerenciado empresas. ¿Es posible?

–Todo es posible en la vida –le dijo el maestro con una sonrisa de aceptación–. Estos consejos que te doy son sólo sentido común desde el punto de vista de una persona que está fuera de tus problemas.

Acto seguido, el maestro le pidió a Ignacio que lo acompañara a su cocina. Era la primera vez que Ignacio entraba en un ámbito de la casa que no fuera la habitación de consultas o el jardín. De pronto le sorprendió la pulcritud del lugar, la rareza de algunos recipientes y la enorme cantidad de especias y pequeños frascos de té perfectamente alineados. El maestro puso una tetera en la hornilla y cuando el agua hirvió, le dijo:

–Con tu mano, trata de agarrar el vapor que sale de la tetera.

Ignacio ni siquiera lo intentó.

–Maestro, eso es imposible, nadie puede agarrar el va por de agua.

–Inténtalo de todas maneras –le dijo el maestro.

Ignacio se acercó a la tetera y con un gesto de resignación intentó fallidamente coger el vapor.

–Ahora, Ignacio, trata de agarrar esta agua del caño con tu mano.

El maestro abrió el caño del lavadero e Ignacio procuró retener el agua con su mano.

–También es imposible hacerlo, a menos que tenga una vasija. Sólo puedo retener unas cuantas gotas.

Finalmente el maestro sacó unos cubos de hielo del refrigerador y le pidió a Ignacio que tratara de cogerlos cuando él los soltara; Ignacio cogió todos los cubos de hielo con facilidad. Sabía que algo importante se escondía detrás de aquellas maniobras, pero no acertaba a explicarse qué.

–El tiempo es como el agua –le dijo el maestro, mientras servía el té en dos pequeñas tazas–. Cuando vives sólo en la urgencia, tu tiempo se evapora como el agua hirviendo y te es imposible retenerlo para actividades importantes. Cuando estamos más conscientes de la necesidad de concentrarnos en las actividades importantes y dejamos de estar todo el tiempo en la urgencia, es como el agua líquida: todavía escurridiza, pero ya podemos retener algunas gotas. Finalmente, cuando hacemos bloques con nuestro tiempo y lo separamos para las actividades importantes, es como los bloques de hielo: realmente tenemos el control en nuestras manos. El consejo que te quiero dar, Ignacio, es que compartimentes tu semana. Congela tiempo en bloques para tus actividades importantes. De lo contrario, el tiempo se esfumará como vapor de agua.

Ignacio entendía el sentido de todo aquello, pero necesitaba algo más específico.

–Pero ¿a qué se refiere con compartimentar o congelar mi tiempo?

–Por ejemplo, si quieres hacer conferencias, asigna un par de días fijos a la semana a ciertas horas; lo mismo si quieres escribir. Programa con fecha y hora un tiempo sólo para pensar y otro para trabajar en asuntos pendientes e importantes. Si consideras que visitar a los clientes más relevantes de tu empresa es importante, pues programa un tiempo fijo en la semana para hacerla. Si bloqueas tu semana para actividades realmente importantes, te mantendrás alineado con tu verdadera misión en la vida, Ignacio. Eso sí, esto funciona solamente si tú lo respetas. Te recomiendo distribuir una copia de tu horario a los ejecutivos de toda tu empresa, para que sepan cuáles son tus tiempos bloqueados. No bloquees todas las horas de la semana porque eso no funciona. Necesitas tiempo libre y disponible para que tu personal te haga consultas, para reuniones diversas o simplemente para ocuparte de asuntos imprevistos. Ignacio, el ser humano emprende el viaje de su vida en una canoa desde lo alto de un lago, discurre por un río y termina siempre en el océano fundiéndose con Dios. Cómo decide viajar e invertir su tiempo, depende sólo de él. A algunos les encanta estar todo el tiempo en los rápidos del río, aún si ello los hace estrellarse contra las rocas. Les encanta la adrenalina que esto les genera. Dedican su existencia a ir lo más rápido posible y piensan que su meta en la vida es superar las piedras y los obstáculos. Otros deciden vivir su vida más en paz. Maniobran la canoa para no pasar por los rápidos, se detienen a descansar en las lagunas que va formando el río y entienden que su objetivo es disfrutar viajando felices y en paz. Ambos llegan al océano de Dios al final de su vida. ¿En qué grupo quieres estar tú?

–La respuesta es evidente. No creo que exista un ser humano que no quiera vivir en paz y ser feliz, sin riesgo de estrellarse contra las rocas. Lo que ocurre es que todo el sistema en el que vivimos lleva a creer que la meta es ir más rápido, tener más logros, más prestigio y éxito.

–Es difícil romper un hábito. Tú has vivido tu vida como si estuvieras en la primera canoa. Desde esa canoa, es difícil ver las oportunidades para desviarse de los rápidos y pasar a zonas más calmadas. Se requiere estar muy consciente todo el tiempo. A partir de ahora, Ignacio, cada fin de semana planificarás tu semana siguiente asignando tiempos a los diferentes papeles que juegas en la vida. Bloquearás tu semana para que nadie pueda invadir tus zonas de actividades importantes, como son las relacionadas con tu darma y con la práctica de la meditación. Al final de la semana harás una evaluación profunda de cómo te fue y seguirás mejorando.

–Tengo muchos deseos de empezar esta planificación –dijo Ignacio–. Jamás lo he hecho de la forma en que me lo plantea. Creo que con esto lograré el equilibrio en mi vida.

El maestro dio un último y profundo sorbo de té, miró otra vez a Ignacio y le respondió:

–No necesariamente. Te falta un elemento muy importante. Sería imposible que el pino lograra su equilibrio si no se alimentara con agua limpia y nutrientes adecuados.

Si no fuera así, cualquier viento lo podría derrumbar. Ignacio, Dios te ha dado un cuerpo para llevar a cabo tu darma en esta vida, y tienes que cuidarlo. Tu cuerpo es como un vehículo y tu espíritu es el conductor. Si lo alimentas con combustible sucio y de bajo octanaje, no podrás llegar muy lejos. Tienes que entender los diferentes tipos de alimentos y su impacto en tu cuerpo.

Ignacio otra vez se sentía desorientado, pues nuevamente el maestro lo tomaba por sorpresa. Aquel hombre pareda tener un estricto plan con respecto a su persona, un plan salvador que iba poniendo en práctica poco a poco, según el momento en el que estuvieran situados.

–Existen tres tipos de alimentos –continuó el maestro al ver el rostro extrañado de Ignacio–: los tamásicos, los rajásicos y los sátvicos. Lo tamásicos son aquellos que te producen somnolencia, flojera, inacción, inercia y pesadez. Son, por ejemplo, comida guardada por más de un día, comida enlatada, quesos curados, comida sobrecocinada, seca y sin jugos, carnes rojas, vinos, bebidas alcohólicas, y además el tabaco.

Los alimentos rajásicos son los que te llevan a actuar todo el tiempo; te producen euforia, energía, agresividad, te llenan de pensamientos, angustias y preocupaciones. Las comidas rajásicas tienen muchos condimentos picantes, mostaza, ají, rocoto, pepinillos encurtidos, ajo y cebolla; también están el café, la carne de pescado y el pollo. Finalmente, los alimentos sátvicos son los que te producen balance y paz e increnientan tu vitalidad y fuerza. Estas comidas producen alegría, claridad y equilibrio; son como un cariño a nuestro estómago. Son los vegetales, las frutas, las nueces, todo lo que sea comida fresca, productos lácteos, mantequilla, quesos suaves y cereales. Como norma general, debes tratar de eliminar los alimentos tamásicos. Debes ingerir un porcentaje moderado de alimentos rajásicos. Los alimentos rajásicos te dan energía y te orientan a la acción. En la vida que tú vives, necesitas algo de estos alimentos para estimular tu voluntad. Pero debes concentrar tu alimentación en los alimentos sátvicos. Eso te dará más balance, paz y equilibrio.

De pronto, a Ignacio aquello le parecía un reto tan grande como los anteriores.

–¡Pero qué difícil, maestro! Me encantan las carnes rojas y me parece aburrido tener que comer lechugas todos los días. Pero lo más complicado es dejar el café. Me tomo mínimo seis tasas diarias en la oficina, además de diez gaseosas que contienen cafeína.

–En cuanto a lo del café, tú decides –respondió el maestro–. Si quieres paz, tomar esa cantidad de cafeína no te ayudará. Cuando ingieres mucha cafeína es muy difícil concentrarse en la meditación. Yo sé que tú lo vienes haciendo, pero si dejaras la cafeína sentirías la diferencia. La dieta que te propongo puede ser muy placentera si aprendes a prepararla y combinarla. Estas son sólo recomendaciones, Ignacio. Depende de ti si quieres vivir en balance, con un cuerpo saludable, con una vejez digna y sobre todo con más paz.
Ignacio sentía que el costo era cada vez más alto. El maestro pareció leer su mente.

–El costo es mucho más alto cuando tienes un problema de salud irreversible por una mala alimentación. Lo que debes hacer es simplemente estar más consciente de lo que ingieres y dejar de darle tanta importancia a los placeres del estómago. En Occidente, ustedes premian con admiración y distinguen a aquellos que se llaman gourmet, aquellos que comen una enorme cantidad de alimentos destructivos para el cuerpo. El qué comes no debe ser un símbolo de estatus frente a la sociedad; más bien debe ser una elección privada para buscar un mayor balance en la vida. Cuentan que un príncipe, estando de cacería con su águila, tenía mucha sed. Hacía días que no encontraban un estanque de agua para beber. Finalmente, en las alturas de una montaña, divisaron una pequeña laguna. Subieron hasta allí. El príncipe sacó su taza y el águila voló para cazar alguna presa. Cuando el príncipe intentó beber el agua de su taza, el águila la botó con su garra, impidiendo que el príncipe la tomara. Nuevamente el príncipe intentó beber y ocurrió lo mismo. El príncipe, cansado del águila, sacó su espada dispuesto a matar a su mascota si le derramaba el agua otra vez. Luego se dispuso a beber y cuando vio que venía el águila a hacerle lo mismo, sacó su espada y la mató. Con toda esta maniobra su taza cayó cuesta abajo. Cuando el príncipe recogió su taza vio otra laguna que alimentaba aquella donde él había estado, con una serpiente venenosa muerta. Entonces entendió lo que su compañera, el águila, trataba de hacer: salvarle la vida. Ignacio, en esta historia nuestro cuerpo es el águila. Nos avisa con muchas señales lo que no debemos comer, pero nosotros no le hacemos caso. Cuando comemos muchas carnes, nos hinchamos y no podemos dormir bien. Cuando tomamos mucha cafeína estamos eléctricos, acelerados y no podemos conciliar el sueño. Cuando comes comida sátvica tu cuerpo está en paz y feliz, y te lo agradece premiándote con buena salud. Aprende a escuchar al águila de tu cuerpo. Existe, además, otro alimento que no masticas, pero que te contamina: la televisión. La televisión alimenta tu mente, pero desgraciadamente la llena de temor, violencia y agresión. Si quieres vivir basándote en valores de paz, felicidad y tranquilidad, tienes que desenchufarte o en todo caso usarla para ver programas culturales y pacíficos.

–Pero si no veo noticieros, cómo me voy a enterar de lo que pasa en el mundo y en el país.

–Lee el periódico. Ver televisión es como ir a una comida donde el menú es fijo. Este ha sido preparado por alguien y te sirven lo que a esa persona le gusta o le parece bueno. En cambio leer el periódico es como ir a un buffet. Tú tienes una diversidad de noticias, pero puedes escoger cuáles leer. Ignacio, hazte responsable no sólo de lo que ingiere tu estómago sino también de lo que ingiere tu mente. Buscar tu paz interior es tu responsabilidad. Ahora ve y practica lo que te he enseñado. Regresa después de tres semanas de haber aplicado realmente las enseñanzas.

–¿Pero no me va a dar una nueva semilla? –preguntó Ignacio. El maestro le había dicho que eran en total siete semillas. Él ya conocía seis y tenía mucha curiosidad por saber cuál era la última.

–Aún no. Primero debes practicar.

Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

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NEUTRALIDAD

Profundamente dentro de ti existe un estado consciente que cambia al de la percepción.
Tú estás en este estado de percepción.
Tú eres tu esencia, tu centro.
Eres el centro de la rueda.
Aquí eres consciente que cada desarrollo es correcto.
Cada individuo tiene su lugar y todo tiene su propósito…

Transmitido el 25.07.2000 en North Down
Publicado 31st August 2011 por Shanti
Etiquetas: ayuda al despertarNeutralidad

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LA KACHINA GALACTICA ii

Los saludo soy Jefe Águila Blanca. La luz del campo energético del Triángulo Sagrado colma este auditorio y a los que leen este mensaje.

La Luz del Triángulo Sagrado es un campo energético de luz holográfica conectado con el núcleo de la Tierra al Templo del Cristal y al Sol Galáctico.

Los campos energéticos de los sitios sagrados de la Tierra están vibrando debido a que nosotros estamos activando todos los campos energéticos sagrados. Ahora, la luz de Kachina colma sus corazones. Kachina representa para el mundo físico el mundo espiritual.

El Anillo de la Ascensión pueden considerarlo como el intermediario entre la tercera y la quinta dimensión. Kachina es también una intermediaria especial. Sabemos que existen muchas y diferentes Kachinas: nosotros conocemos Kachina para el baile del maíz, Kachina para la danza del Sol, para la lluvia, los animales y Kachina para el lobo.

Nosotros, los Maestros Ascendidos Nativos trabajamos con la luz de Kachina. Esta es nuestra manera de enseñar la espiritualidad. Existe una Kachina para el planeta, una Kachina para la Luna y hasta una Kachina para el sistema solar.

Y ahora les presentamos a Kachina Galáctica.

Yo, Jefe Águila Blanca, tengo el honor de explicarles e introducirlos al tema de la Kachina Galáctica proveniente del Sol Central. Kachina Galáctica es una energía femenina: sostiene a la Tierra en su propio sitio espiritual, y mantiene su equilibrio para que el ángulo esté en posición correcta con el Sol Central.

Heya hoya hey…Heyyyyyyyyyyyyah! Oh Kachina Galáctica! Nos dirigimos a Ti, como lo que eres, una energía femenina, una luz femenina. Oh Kachina Galáctica! Estamos preparados para recibir nuestro cuerpo galáctico. Tú, Kachina Galáctica, eres la portadora del cuerpo galáctico. Tu trasciendes todos los reinos. Nosotros no oramos por Ti: recibimos tu energía. Nosotros no te alabamos: Te honramos. Somos activados por tu presencia. Somos activados por Tu nombre. Dejen que la Luz de Kachina Galáctica se presente ahora HOO eeeyyyaaaeeee ¡

La presencia de la Luz de Kachina Galáctica es recibida ahora por los Trabajadores de la Luz del Grupo Arcturiano. Tan potente es esta energía , que vence las discordias en los campos energéticos de la Tierra, vence los desequilibrios que crean los malentendidos. Es probable que continúe la confusión y los conflictos en la comunicación. Periódicamente la Tierra entra en un campo magnético de deformación que causa la rotación de la energía electromagnética creando confusión en los procesos de pensamiento.

Ustedes tendrán que bajar la energía de Kachina Galáctica para progamar su ser y así, contrarrestar la confusión mental.

La frase que les diré a continuación les dará la óptica del ser galáctico: “ Miro a las Estrellas, Miro a la Luna, Miro al Sol y sé quien soy, y quien quiero ser, y cómo quiero actuar. Luego, me conecto con el Sol Galáctico y mi espíritu se colma con el campo energético del Sol Central. Me siento honrado. Me siento fortalecido. Me siento seguro de mí mismo. De pronto veo el verdadero sentido de todo lo que sucede en la Tierra. “

Kachina Galáctica nos está ayudando a bajar esta energía etérica en la Tierra. Es una energía maravillosa. Recuerden que nosotros estamos ingresando su luz a la Tierra. El momento en que se produzca ese anclaje debe ser anunciado. Ahora le pediré a Sananda que les hable de Kachina y Shekhinah, pues existen muchas similitudes. Ho!

 
 
( continuará )
A través de David K. Miller
Publicado 2nd September 2011 por Shanti

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