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Annie Besant ~ El sendero del discipulado. Primeros pasos. I

El sendero del discipulado. Primeros pasos. I

PRIMEROS PASOS

KARMA – YOGA. PURIFICACION


Cuando, hace dos años, hablé por vez primera en este sitio, os expuse el sistema de construcción del Kosmos en conjunto, las diferentes etapas de su evolución y los métodos, por decido así, de la vasta serie de fenómenos. El año pasado traté de la evolución del Yo en el hombre, distintamente de la evolución del Yo en el Kosmos, procurando demostraros cómo, envoltura tras envoltura, va adquiriendo el Yo experiencia y adueñándose de sus vehículos inferiores, de suerte que tanto en el hombre como en el universo, lo mismo en el individuo que en el Kosmos, el Yo propende a unirse con el eterno y único Yo de quien procede. Pero a veces, discutiendo acerca de estos elevados asuntos, me han objetado algunos en los siguientes términos:

“¿Qué importancia tiene todo esto en la conducta de los hombres del mundo, rodeados como estamos de las necesidades de la vida, de la actuación del mundo fenoménico, continuamente substraídos del pensamiento en el único yo, continuamente obligados por nuestro karma a tomar parte en estas múltiples actividades? ¿De qué sirven, por lo tanto, las superiores enseñanzas sobre la conducta de los hombres y cómo es posible que los del mundo se eleven a tan alta vida?” De este asunto voy a tratar en las actuales conferencias. Procuraré demostraros que el hombre del mundo, sujeto a las obligaciones de familia, con deberes sociales que cumplir, con todas las actividades de la vida del siglo, puede, no obstante, disponerse a la unión con el Yo y recorrer los primeros pasos en el sendero que le ha de conducir al Supremo.

Procuraré trazaros los pasos de este sendero, de modo que, empezando por la vida que un hombre cualquiera pueda llevar en la actualidad, colocándome en el punto de vista donde la mayor parte de vosotros estáis ahora, reconozcáis la posibilidad de alcanzar una meta, de hallar un sendero que comienza aquí, en la vida de la familia, del municipio y de la nación, pero que termina en un punto mucho más allá de todo pensamiento y deja por fin al viajero en su sempiterna patria. Tal es el objeto de estas cuatro conferencias y el camino en que confío me acompañéis. Para mejor comprender el tema, echemos una ojeada al transcurso de la evolución, a su significado y objeto, pues si vemos el conjunto, siquiera a vista de pájaro, podremos apreciar el enlace de los pasos que uno tras otro vamos a recorrer. Sabemos que el Uno se ha diversificado en varios. Observando las primarias tinieblas que todo lo envolvían, echamos de oír en ellas un susurro que exclama: “Me multiplicaré.”


Esta multiplicación engendra el universo y cuantos seres en él existen. En esta voluntad que de multiplicarse tiene el “Uno sin segundo”, vemos la fuente de la manifestación, reconocemos el primordial germen del Kosmos. Y al considerar el origen del universo, la compleja multiplicad resultante de la primaria y simple unidad, observamos también que cada una de estas manifestaciones fenoménicas ha de ser imperfecta, pues si todo fenómeno requiere limitación, no puede por menos de ser inferior al Uno y en consecuencia imperfecto de por sí. Con esto comprendemos el por qué de la variedad y de la vasta multiplicidad de los separados seres vivientes, y también nos damos cuenta de que la perfección del universo manifestado estriba necesariamente en esta misma variedad, porque el Uno es como un sol que por doquiera difunde sus rayos, cuya totalidad constituye la perfecta iluminación del universo.

Así, cuanto más numerosos, admirables y variados sean los objetos, más aproximada imagen, aunque todavía imperfecta, será el universo de Aquel de quien procede. El primer esfuerzo de la evolucionante vida consiste en establecer existencias aparentemente separadas, de modo que, vistas desde fuera, parezcan varias, y contempladas en su esencia reconozcamos que es Uno el Yo de todas ellas. Teniendo esto presente, comprenderemos que en el proceso de la múltiple individualidad, el individuo se manifiesta como débil y limitado reflejo del Único Yo. Asimismo comprenderemos cuál ha de ser la finalidad de este Universo, por qué han de evolucionar los diversos individuos, y por qué la separatividad es necesaria en la evolución del conjunto. El resultado del universo ha de ser la evolución de un Logos para otro universo, de los potentes Devas que en el porvenir serán los guías de las fuerzas kósmicas de dicho futuro universo, y de los divinos Instructores de la infantil humanidad que ha de poblarlo.


En todos los mundos de existencia individual se efectúa hoy día un continuo progreso de evolución, por el cual un universo proporciona a otro futuro universo sus Logos, sus Devas, sus primeros Manús y todos los grandes Seres necesarios para construir, adiestrar, gobernar e instruir al todavía nonato universo. Así se enlazan uno tras otro los universos, y un manvantara sucede a otro manvantara y los frutos de un universo son la simiente del que le sucede. Entre toda esta multiplicidad evoluciona una todavía superior unidad que encuadrará al futuro universo y ha de ser la Potestad que lo dirija y gobierne. Tanto en Oriente como en Occidente, me han preguntado muchos repetidas veces por qué ha de haber tantas dificultades en la evolución, por qué tan evidentes fracasos en su obra, y por qué los hombres han de conducirse mal antes de que se conduzcan bien, inclinándose mayormente a lo que los degrada que a lo que pudiera ennoblecerlos.

¿No les sería posible al Logos de nuestro universo, a sus agentes los Devas y a los Manús que vienen a guiar a nuestra infantil humanidad, trazar el plan de suerte que no hubiese semejantes fracasos en el transcurso de la evolución? ¿No les fuera posible guiar de modo que el camino fuese recto y seguido en vez de tan revuelto y tortuoso? Aquí está la dificultad de la evolución humana, si se tiene en cuenta su objeto final. Fácil en verdad hubiera sido una humanidad perfecta, dócil a la guía de sus alboreantes facultades por las sendas de lo que llamamos bien sin que jamás se extraviara por lo que llamamos mal. Pero ¿qué hubiera resultado de tan expedito cumplimiento? Que el hombre fuera un autómata movido por una fuerza externa que le forzaría a cumplir una ley ineludible. El mundo mineral está sujeto a una ley forzosa, pues las afinidades que ligan a los átomos obedecen a una imperativa compulsión.

Pero según ascendemos en los reinos de la naturaleza, observamos cada vez mayor libertad en los seres, hasta que en el hombre se echa de ver una espontánea energía, una libertad de elegir que realmente denota la incipiente manifestación de Dios en el hombre. La finalidad de la evolución no es hacer un autómata que ciegamente siga el camino trazado ante sus pasos, sino hacer un reflejo del Logos, una poderosa colectividad de sabios y perfectos hombres que escojan lo óptimo porque al cabo lo conozcan y comprendan, al paso que rechacen lo pésimo, porque la experiencia les enseñe sus inconvenientes y las tristezas que ocasiona. Así es que, en el futuro universo y entre los grandes Seres que guían el universo actual, ha de haber una unidad de voluntades concertadas por el conocimiento y la elección que a todos mueva en un sólo propósito, y conocedores del conjunto, al saber que la Ley es buena, se identifiquen con ella, no por externa coacción, sino por interna aquiescencia.


Así es que, en el futuro universo regirá una Ley, como rige en el presente, aplicada por medio de Aquellos que estén identificados con la Ley por la unidad de su propósito, la unidad de su conocimiento y la unidad de su poder. No será una Ley ciega e inconsciente, sino una colectividad de Seres vivientes que por lo divinos constituirán Ellos mismos la Ley. No hay otro camino para alcanzar esta meta, para concertar la libre voluntad de muchos en una gran Ley y una superior Naturaleza, que el camino por donde sea posible atesorar experiencia y conocer tanto el bien como el mal, el fracaso y el triunfo. Así los hombres se convierten en Dioses, y a causa de la experiencia adquirida, quieren, piensan y sienten al unísono. Para llegar a esta meta, los divinos Instructores y Guías de nuestra humanidad establecieron varias civilizaciones, todas ellas encaminadas hacia el fin que tenían en perspectiva. No me detendré a examinar la gran civilización de la cuarta raza que precedió al nacimiento del poderoso pueblo ario.

Baste decir, de paso, que fue una gran civilización puesta a prueba y que durante algún tiempo tuvo éxito bajo el gobierno de sus divinos Reyes, quienes, al fin retiraron su inmediata protección, como la madre suelta de la mano al pequeñuelo que empieza a andar, para ver si ya es capaz de valerse de sus miembros y dar de por sí los primeros pasos. De la propia suerte, los divinos Reyes y Guías dejaron suelta a la infantil humanidad, por ver si ya podría andar sola o si tropezaba en su camino. Pero la infantil humanidad tropezó y cayó; y aunque potente y perfecta en el orden social y gloriosa por la fuerza y saber sobre que este orden social se fundaba, se desmenuzó bajo la pesadumbre del egoísmo humano y los todavía no subyugados instintos de la naturaleza inferior.


Fue preciso hacer otro intento, y se estableció la gran raza aria, también con sus Reyes y Guías divinos, con un Manú que les dio su ley, fundó su civilización y desenvolvió su política auxiliado por los Rishis que administraron las leyes del Manú y guiaron a la infantil civilización. De nuevo tuvo la humanidad una norma y se le mostró el tipo hacia el cual debía evolucionar. Después, una vez más los grandes Instructores se retiraron por algún tiempo para que la humanidad probara sus propias fuerzas y viese si era lo bastante fuerte para andar sola, confiada en sí misma, bajo la guía del interno Yo, en vez de moverse por impulsos exteriores. Pero también, según sabemos, ha fracasado en gran parte la prueba. Al mirar hacia atrás, vemos que esta civilización, originariamente divina, fue degenerando poco a poco bajo la influencia de la todavía no vencida naturaleza inferior del hombre y de las no dominadas pasiones de la humanidad.

En la India del pasado vemos perfecta política, maravillosa espiritualidad que, milenio tras milenio, fueron decayendo según se retiraba de la vista del hombre la mano que lo guiaba, y una vez más la humanidad tropieza y cae al querer andar por sí sola. En todas estas tentativas vemos el fracaso del divino ideal. El mundo moderno nos dio la prueba de que la naturaleza inferior del hombre ha triunfado contra el divino ideal que se le puso por meta al comienzo de la raza aria. En aquellos días, el ideal del brahmana consistía en la liberación del alma que ya no suspira por bienes terrenales ni por los goces de la carne ni por las riquezas ni el poderío ni la autoridad ni los placeres mundanos, sino que se satisface con la sabiduría acompañada de la pobreza, mientras que hoy vemos a menudo al titulado brahamana rico e ignorante, en vez de ser pobre y sabio. En la casta de los brahmanes, como en las otras tres, advertimos hoy signos de la degeneración que ocasionó la ruina del antiguo régimen.


Veamos ahora cómo se propusieron los grandes Instructores que el hombre pudiese aprender por experiencia a escoger de su libre voluntad el ideal que ante sus ojos le habían puesto y del que se desviaba; cómo trataron los grandes Instructores de conducir a la imperfecta humanidad hacia el perfecto ideal expuesto desde un principio para la guía de la raza y no alcanzado en evolución por la flaqueza y puerilidad de los hombres. A fin de alcanzar este ideal con el transcurso del tiempo, se les enseñó a las gentes el modo de llegar a la unión por el camino de la acción. A este procedimiento le llamamos Yoga kármico o Karma Yoga, porque Yoga significa unión y Karma quiere decir acción. Es la modalidad de yoga adecuada a los hombres del mundo, asediados por las actividades de la vida; y mediante estas actividades, en virtud de su disciplinaria influencia se han de dar los primeros pasos hacia la unión. Así vemos que el Karma-Yoga sirve para disciplinar a los hombres.

Notemos el enlace que en nuestro caso tienen las palabras unión y acción. Significa el Karma-Yoga, que la acción se ha de cumplir de manera que su resultado sea la unión. Conviene recordar que precisamente la actividad, las acciones, los múltiples afanes y quehaceres, separan y distancian a unos hombres de otros. Por lo tanto, parece poco menos que paradójico hablar de la unión por medio de la acción, como si fuera posible unir valiéndose de lo que divide y separa. Pero la sabiduría de los divinos Instructores nos explica la aparente paradoja, según vamos a ver. Influido por las tres gunas o cualidades de la materia, se mueve desordenadamente el hombre en todas direcciones. El morador del cuerpo se halla bajo el dominio de las gunas, cuya activa operación constituye el universo manifestado y con las cuales se identifica el hombre, que se figura actuar cuando ellas actúan y estar atareado cuando ellas producen el efecto de su actividad.


Las gunas, con las que convive, le ofuscan y alucinan, y pierde en consecuencia todo reconocimiento de su verdadero ser, de suerte que todo cuanto ve en la vida se contrae a la actividad de las gunas que le empujan de un lado a otro, arrastrado por encontradas corrientes, incapacitándole en tan desventajosas condiciones para las modalidades superiores del yoga, sin que le sea posible hallar los altos niveles del Sendero hasta desvanecer siquiera parcialmente dichas ilusiones. Así es que su primera tarea ha de consistir en comprender lo que son las gunas y separarse de estas actividades del universo fenoménico. Podemos considerar como doctrina o principios didácticos del Karma-Yoga las declaraciones de Krishna a Arjuna en el campo de batalla de Kurukshetra. Declaró Krishna este linaje de yoga al príncipe, al guerrero, al hombre que había de vivir y batallar en el mundo, gobernar un país e intervenir en toda clase de actividades externas.

Lo declarado en aquel entonces por Krishna es la eterna lección para que los hombres del mundo logren ir transcendiendo gradualmente las gunas y alcancen la unión con el Supremo. Por lo tanto, la primera fase o etapa del Karma-Yoga consiste en la regulación y disciplina de las actividades de las gunas, que, según sabemos, son tres: sattva (ritmo), rajas (movilidad) y tamas (inercia). De estas tres gunas combinadas y entrelazadas en multitud de diversas proporciones, está constituido todo cuanto nos rodea. Las tres actúan y operan en todas direcciones, y por lo tanto necesario es equilibrarlas y subyugarlas. El morador y señor del cuerpo debe ser su soberano dueño y distinguirse de las gunas, a cual efecto ha de conocer las funciones del cuerpo y gobernar y dirigir sus actividades. No es posible prevalecer de pronto contra ellas ni tampoco desde luego transcenderlas, como un niño no puede efectuar la tarea de un adulto.

¿Es capaz la humanidad en su imperfecto estado actual de evolución, de lograr la perfección del Yoga? No tal. Ni aún es prudente el intento, porque si al niño se le obligara a la tarea del adulto, no sólo fracasaría en cumplirla, sino que fatigaría con exceso sus facultades en el intento, y el resultado fuera no sólo fracaso en el presente sino también en el futuro, pues una empresa superior a sus fuerzas las debilitaría y torcería, cuando deben por el contrario vigorizarse antes de acometer la empresa, como el niño debe llegar a hombre antes de que se le confíen tareas de hombre. Consideremos las funciones de la cualidad tamas, equivalente a inercia, tinieblas, ignorancia, pereza, desidia o negligencia, ¿Qué servicio puede prestar esta cualidad a la evolución humana? ¿Qué utilidad tiene esta guna, en el desenvolvimiento del hombre?

Su utilidad para el Karma-Yoga consiste en que obra como una resistencia a la que se ha de combatir y vencer, de modo que en la lucha se vigorice y fortalezca la fuerza de voluntad, logrando el dominio y la disciplina del propio combatiente. Puede compararse el servicio del tamas en la evolución del hombre, a la maza o las pesas en los ejercicios atléticos. El atleta no robustecería sus músculos si no los ejercitara en vencer alguna resistencia, esforzándose repetidamente en levantar las pesas y manejar la maza. La utilidad no está en el peso de estos artificios gimnásticos sino en el empleo que se les da; y si un hombre quiere robustecer los músculos de sus brazos, el medio mejor es tomar una maza o unas pesas y esforzarse diariamente en vencer la resistencia que oponen a su manejo. De análoga manera el tamas (negligencia, ignorancia o inercia), interviene en la evolución, pues el hombre ha de vencer tan contraria cualidad y desarrollar su fuerza en la lucha.


Los músculos del alma se robustecerán cuando el hombre triunfe de la negligencia, la desidia y la atonía, cuya es la índole de la cualidad tamásica. Así vemos que los ritos y ceremonias religiosas se han establecido con el propósito de vencer la cualidad tamásica, pues en gran parte sirven para adiestrar al hombre en combatir la pereza, indolencia y apatía de su naturaleza inferior, imponiéndole ciertos deberes que ha de cumplir en determinado tiempo, tanto si le viene o no de grado el cumplirlos en el tiempo prescrito, lo mismo si se nota diligente y activo, que perezoso y decaído, pues obligándole a deberes prefijados, se le excita a vencer la pereza, negligencia y obstinación de su naturaleza inferior y se le compele a seguir el sendero determinado por la voluntad.


Si consideramos la cualidad de rajas, vemos que las actividades del hombre están guiadas en Karma-Yoga por ciertos senderos que voy a señalar, en demostración de cómo la actividad, tan viva en el mundo moderno, pues se manifiesta en todo sentido y mueve a precipitados e incesantes afanes para lograr las manifestaciones, fenómenos y resultados materiales de la vida ordinaria, puede ser gradualmente dirigida, disciplinada y depurada hasta el extremo de quita de todo poder de estorbar la real manifestación del Yo. El objeto del Karma-Yoga es reemplazar la concupiscencia por el deber. El hombre actúa para dar satisfacción a su naturaleza inferior, con el deseo de obtener fruto de sus acciones, con la esperanza de recompensa, porque apetece dinero para gozar de la vida material y satisfacer sus bajos instintos.

Todas estas actividades de la cualidad rajásica tienen por fin el contentamiento de la naturaleza inferior, y para disciplinarlas y regularlas de modo que sirvan al propósito del Yo superior, se le enseña a reemplazar la concupiscencia por el deber, practicando toda acción porque debe practicarla, y voltear la rueda de la vida porque le incumbe voltearla, al efecto de que pueda él obrar como Shri Krishna dice de sí mismo que obra, esto es, no porque haya de ganar cosa alguna, ni en este mundo ni en el otro, sino porque sin su acción dejaría de ser el mundo lo que es, y se paralizaría el giro de la rueda. Quienes practican el Yoga deben obrar según el espíritu en que obra Shri Krishna, con la mira puesta en el conjunto y no en la separada parte, con el propósito de cumplir la divina voluntad en el Kosmos, y no por el placer de la separada entidad que se imagina independiente, cuando debiera secundar la actuación de Shri Krishna.


El hombre ha de lograr este objeto por el gradual realce de la esfera de sus actividades. El deber ha de sustituir a la concupiscencia, y los ritos y ceremonias tienen por fin encaminar a los hombres a la verdadera vida, cuya función les corresponde. Toda ceremonia religiosa no es más que un medio de aleccionar a los hombres en la práctica de la superior y verdadera vida. El hombre suele meditar al levantarse y al acostarse, pero día llegará en que su vida sea una prolongada meditación. Medita durante una hora y así se prepara a la perpetua meditación. Toda actividad creadora es resultado de la meditación, y conviene recordar que por la meditación (tapas) se han creado los mundos. Así pues, para que el hombre logre este vigoroso y divino poder creador de meditación y sea capaz de ejercitarlo, debe irlo fortaleciendo por sucesivas ceremonias religiosas, por intermitentes esfuerzos mentales, por interválicos empleos del tapas. La meditación a horas fijas es un paso hacia la constante meditación.


Ocupa una parte de la vida diaria con objeto de llenarla después toda, y el hombre la practica diariamente para que poco a poco le absorba por entero. Llega un tiempo en que el yogui no tiene hora señalada para la meditación, porque toda su vida es una continuada meditación. Sean cualesquiera las actividades en que se ocupe, el yogui medita y está siempre a los Pies de su Señor, aunque mente y cuerpo actúen en el mundo de los hombres.



EL SENDERO DEL DISCIPULADO – ANNIE BESANT

PRIMEROS PASOS

KARMA – YOGA. PURIFICACION

Annie Besant – Extracto de EL SENDERO DEL DISCIPULADO

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Annie Besant ~ El dominio de la mente. La meditación. I

Consideremos ante todo la cuestión del renacimiento y lo que significa el discipulado para que el hombre pueda escogerlo deliberadamente por su futuro sendero en la vida. Ya vimos cuáles eran las diferentes etapas de la acción. Al principio, egoísta sin otro móvil que satisfacer las inclinaciones de la naturaleza inferior y gozar del fruto. Después, por medio de la práctica del Karma-Yoga, aprende el hombre a obrar, no ya por egoísmo, sino porque es su deber el cumplimiento de la acción, identificándose así con la Ley y tomando parte consciente en la gran obra del mundo. Por fin, la tercera etapa consiste en efectuar la acción no tan sólo como un deber, sino como el gozoso sacrificio de entregar todo cuanto posee el hombre. Al llegar a esta etapa le es posible quebrantar los lazos del deseo y librarse del renacimiento, pues le mueve a renacer el deseo de los goces y acciones que puede disfrutar y cumplir en la tierra.

Todo el que va en pos de algún ideal mundano, que tiene por meta de su existencia algún objeto terrenal, está evidentemente ligado por el deseo, y mientras desee algo que la tierra pueda darle, habrá de volver a la tierra. Todo cuando perteneciente a la transitoria vida física sea capaz de atraerlo, será también capaz de ligarlo, porque todo atractivo cautiva al alma y la empuja al lugar en donde le quepa satisfacer su deseo. La naturaleza anímica del hombre es tan semejante a la divina, que aún la misma energía del deseo tiene de por sí poder bastante para la acción. El hombre obtiene cuanto desea, aunque no inmediatamente, sino a su debido tiempo, cuando la naturaleza de las cosas lo prescribe; y por esto se ha dicho repetidas veces que el hombre es dueño de su destino, y que el universo le dará todo cuanto pida. Por lo tanto, ha de recibir los resultados de su deseo en aquella parte del universo a que la cosa deseada pertenezca, y si desea algo terreno, a la tierra ha de venir para satisfacerlo.

Además, también conducen al hombre al renacimiento aquellos deseos que hallan satisfacción en los mundos astral y mental, los cuales son igualmente transitorios. Por ejemplo, si un hombre pone su deseo en los goces y delicias del cielo (svarga) y con la esperanza de disfrutarlos rehúsa los goces terrenos, los disfrutará en tiempo y sazón oportunos como consecuencia de su conducta; pero siendo el svarga o mundo celeste también transitorio, habrá de volver a la tierra una vez disfrutados sus goces. Por esta razón se llama “sendero de la Luna” el que toma el hombre deseoso de las venturas celestes, y se dice que “la luna es la puerta del svarga”. Así vemos que todo deseo, haya de satisfacerse en la tierra o en cualquier otro mundo transitorio, obliga al alma al renacimiento, y por ello se ha dicho que sólo puede libertarse el alma cuando “rompe los lazos del corazón.”

Si el hombre elimina todo deseo, alcanzará la pura y simple liberación sin necesidad de ejecutar insignes proezas ni haber llegado a una muy elevada etapa de evolución ni tener educidas todas las divinas cualidades latentes en la conciencia humana ni encaramarse a las altísimas cumbres en donde moran los Maestros y Auxiliadores del género humano. Logrará tan sólo una liberación esencialmente egoísta que lo coloque más allá del mudable mundo y quebrante cuantos lazos le atan a la rueda de nacimientos y muertes; pero no lo capacitará para ayudar en modo alguno a sus hermanos a romper los lazos que los sujetan. Será una liberación individual y no colectiva, por la que el hombre transciende la humanidad y la deja abandonada a sus esfuerzos. Sé que muchas gentes no tienen en la vida otro anhelo que la propia liberación, sin importarles nada la de los demás.

Esta clase de liberación es, según queda dicho, muy fácil de alcanzar, pues únicamente requiere el reconocimiento de la fragilidad de las cosas terrenas y la innanidez de las ambiciones por que diariamente se afana el hombre mundano. Pero en último término, esta egoísta e individual liberación también es transitoria, pues sólo dura un manvántara a cuyo término es preciso volver a las esferas de actividad. Deja al alma libre de las ataduras de la tierra; pero en un futuro ciclo habrá de renacer para dar un nuevo paso hacia el fin realmente divino del hombre: la evolución de la individual conciencia en la conciencia colectiva que ha de aleccionar, auxiliar y guiar a los mundos futuros. Otras almas hay, más nobles y generosas, que alegremente rompen los lazos del deseo, no para eludir las dificultades de la vida terrena, sino para ponerse en condiciones de seguir el alto y nobilísimo sendero del discipulado, tras los pasos de los grandes Seres que facilitaron camino a la humanidad.

Dichas almas Van en busca de Maestros propicios a aceptar por discípulos a quienes para el discipulado se dispongan con el propósito de no liberarse tan sólo ellos personalmente ni de esquivar las tribulaciones, sino de llegar a ser auxiliares, maestros y salvadores de la humanidad, restituyendo al mundo lo que de sus precursores Maestros recibieron. Todas las Escrituras sagradas del mundo aluden al discipulado. Uno de los ideales de todas las almas de alta evolución que en este mundo externo anhelan unirse con la Divinidad, es encontrar un Maestro aleccionador de hombres. En todas las Escrituras está expresada esta idea. Todos los Upanishadas mencionan el Gurú, a cuya búsqueda y hallazgo se convierte la atención del aspirante a discípulo. Trataremos ahora de las cualidades que es necesario adquirir para entrar en el discipulado y lo que es preciso practicar antes de obtener éxito en el hallazgo del Maestro.

Expondremos lo que se ha de llevar a cabo en la vida cotidiana, aprovechada para el caso como una escuela en donde aprender las preliminares lecciones y capacitarse para ser dignos de tocar los Pies de los grandes Maestros que le confieran el verdadero renacimiento simbolizado en todas las religiones exotéricas por una u otra ceremonia externa, no tan sagrada en sí misma como por lo que simboliza. En el hinduismo vemos que la frase “dos veces nacido” significa que el hombre no sólo nació de sus padres carnales, sino que volvió a nacer al dar el Maestro nuevo nacimiento a su alma. Desgraciadamente, esto sólo está hoy simbolizado, en la generalidad de los casos, por la iniciación que confiere la familia del gurú o el padre del iniciado cuando éste llega a ser lo que en el mundo profano se llama “el dos veces nacido”.

Pero en otro tiempo y también actualmente en algunos casos, se efectúa una verdadera iniciación, esencia de la ceremonia externa, que no se contrae al ingreso en una casta social, sino que es el realmente divino nacimiento conferido por un potente Maestro delegado por el sumo y único Iniciador de la humanidad. La historia nos habla de estas iniciaciones en el pasado y sabemos que todavía existen en el presente. Hay testimonios históricos de su realidad. En muchos templos de la India subsisten las criptas de las antiguas iniciaciones, y aunque el vulgo profano ignora su situación, allí están accesibles todavía a quienes se muestran dignos de entrar en ellas. También Egipto tuvo sus criptas de iniciación, sobre algunas de las cuales se yerguen hoy robustas pirámides que las ocultan a la vista de las gentes.

Las últimas iniciaciones conferidas en Egipto y Grecia, según nos dice la historia, entre las cuales se cuentan algunas de insignes filósofos, se celebraron en los templos de iniciación, conocidos del mundo profano. Para entrar en estos templos no valía el conocimiento científico, sino que era necesario cumplir ciertas condiciones vigentes desde la más remota antigüedad y perpetuadas hoy día tal como entonces existieron. La historia no sólo atestigua la realidad de la iniciación, sino también la del iniciado. Al frente de las principales religiones figuraron hombres extraordinarios que dieron las Escrituras a los fieles, bosquejaron la fe exotérica y sobresalieron de entre sus prójimos por la espiritual sabiduría que les dio intuición para ver lo oculto y atestiguar lo que habían visto. Es característica de todos los grandes Maestros, que no arguyen, sino que proclaman; no discuten, afirman; no infieren las conclusiones por lógicos procedimientos, sino que las alcanzan por espiritual intuición.

Hablan siempre con autoridad corroborada por sus propias palabras, y los hombres reconocen ingenuamente la verdad de sus enseñanzas, aunque sean demasiado elevadas para los entendimientos vulgares, porque en el corazón de todo hombre palpita el espiritual elemento que el Maestro evoca, y este elemento responde a la verdad de la espiritual declaración, por más que la inteligencia no sea lo bastante aguda para discernir la realidad de lo que ve el Espíritu. Los insignes maestros, instructores y filósofos de que nos habla la historia fueron iniciados muy superiores al ordinario nivel de la humanidad. Siempre existieron y todavía existen hoy estos iniciados. ¿Cómo podría la muerte posar su descarnada mano en quienes vencieron a la vida y a la muerte y dominan toda inferior naturaleza? Trascendieron la evolución humana en el transcurso de pasados milenios, y unos proceden de nuestra misma humanidad y otros de humanidades anteriores a la nuestra.

Algunos vinieron de otros planetas cuando la actual humanidad estaba todavía en la infancia; y otros surgieron cuando esta humanidad había recorrido suficientes etapas de evolución para producir de su seno iniciados que la auxiliasen. La muerte ya no tiene imperio alguno sobre el hombre que ha recorrido este sendero y alcanzado su meta, y por lo tanto, no es posible que deje de existir. Su presencia en la historia fuera suficiente prueba de que siguen existiendo, aún sin el testimonio de año en año creciente de cuantos los encuentran y los conocen y a Sus pies aprenden las lecciones. Porque en nuestros mismos días hay quienes, uno tras otro, entran en el antiguo y estrecho sendero, sutilísimo como filo de navaja de afeitar, que conduce al portal del discipulado y capacita al hombre para recorrer el altísimo Sendero del Discipulado. Uno tras otro entran en él en nuestros días, y por consiguiente, pueden confirmar la verdad de las antiguas Escrituras y recorrer el Sendero etapa por etapa.

Pero, veamos qué cualidades requiere la entrada en el Sendero. La primera es el dominio mental que, por lo menos en cierta medida, debe poseerse antes de que sea posible en algún modo el discipulado. Expliquemos, ante todo, lo que significa dominio mental, qué es la mente y quién la ha de dominar. La generalidad de las gentes identifican con su Yo la mente o inteligencia consciente, y cuando un hombre dice: “pienso, siento, conozco”, transpone, si bien se indaga, los límites de su conciencia vigílica y resume en el pensar, sentir y conocer todas las características de su individualidad.(1) Pero quienes han estudiado cuidadosamente la constitución del hombre saben que la mente no es el Yo, sino una de sus cualidades, o mejor dicho, instrumentos de actividad en el mundo.

A fin de comprender con mayor claridad lo que significa el dominio de la mente y cómo es posible dominarla, veamos antes qué entendemos por autodominio en el seglar hombre del mundo, y advertiremos que dista mucho de parecerse al autodominio como cualidad para el discipulado. Cuando decimos que un hombre es dueño de sí mismo significaremos que su mente es superior a sus pasiones y emociones, que la voluntad, la razón y el discernimiento prevalecen contra la naturaleza inferior, y el hombre es capaz de resistir el embate de la tentación, diciendo: “No cederé. No consentiré que la pasión me arrastre por el empuje de los sentidos que no son ni más ni menos que los caballos uncidos a mi carro. Yo soy el auriga y no les dejaré galopar por el camino que se les antoje.” Cuando un hombre habla y obra de tal suerte, decimos que es dueño de sí mismo. Este es el ordinario sentido de la frase, y por cierto que supone una admirable cualidad, una etapa por la que todo hombre ha de pasar.

El indisciplinado, enteramente sujeto a los sentidos, tiene, en verdad, mucho que hacer antes de adquirir esta cualidad de autodominio en la vida social; pero el discipulado exige mucho más. Al hablar de hombres de voluntad firme y de voluntad débil, significamos que los de voluntad firme, en caso de verse en las ordinarias tentaciones y dificultades de la vida, procederán con arreglo a su razón y buen juicio, guiados por el recuerdo de pasadas experiencias y los resultados que derivaron de ellas. Entonces decimos que un hombre así tiene recia voluntad, que no es juguete de las circunstancias ni presa de los impulsos, que no se parece a un buque zarandeado por las corrientes ni sacudido por los vientos, sino que más puede compararse al buque gobernado por un piloto consciente de su deber, que utiliza vientos y corrientes para dar al buque el rumbo que le conviene, y se sirve del timón de la voluntad para que el buque navegue en la dirección determinada.

Verdaderamente, la diferencia entre una voluntad recia y otra floja indica el grado de desenvolvimiento individual, pues según el hombre adelanta en su camino es más capaz de dirigir desde el interior todas sus acciones. Recuerdo “que H. P. Blavatsky, en uno de sus escritos acerca de la individualidad, dice que ésta se reconoce en el hombre y se echa de menos en los animales inferiores al observar el modo de actuación de uno y otros en determinadas circunstancias. Si rodeásemos a unos cuantos animales silvestres de las mismas circunstancias, todos ellos obrarían de igual manera, porque sus actos dependen de las circunstancias y son incapaces de modificarlas o equilibrarlas en correspondencia con un deliberado propósito de acción. Todos obran de la misma manera. Conociendo la índole del animal y las circunstancias en que está colocado, podréis inferir de los actos de unos cuantos los de todos los de su especie. Esto denota evidentemente la ausencia de individualidad.

Pero si se trata de cierto número de hombres, no podremos asegurar de antemano que todos obren de la misma manera en igualdad de circunstancias, porque según el desenvolvimiento del individuo, así variará su conducta, aún siendo iguales las circunstancias. Cada individuo es diferente de los demás, y por lo tanto, obra diferentemente. Tiene voluntad propia, y en consecuencia elige distinto procedimiento. El hombre abúlico tiene menos individualidad, está menos desarrollado y no va muy adelante en el camino de la evolución. Ahora bien; suponiendo que el hombre haya adquirido el autodominio en la vida ordinaria y tenga robustecida la voluntad, puede entonces dar un nuevo paso más allá del dominio de la naturaleza inferior por la superior y conocer algo de la creadora potencia del pensamiento, es decir, algo más de lo que el pensamiento es para el ordinario hombre del mundo, pues requiere ciertos conocimientos filosóficos.

Si, por ejemplo, estudia las obras capitales de los filósofos índicos, aprenderá en ellas lo que intelectualmente se entiende por potencia creadora del pensamiento; y desde luego advertirá que hay algo tras lo que llama su mente, porque si el pensamiento tiene fuerza creadora, si el hombre puede engendrar pensamientos por medio de la mente, debe de haber algo que los genere y esté oculto tras la mente de que brotan los pensamientos. El poder, fuerza o potencia creadora del pensamiento, por cuyo medio es capaz el hombre de disciplinar e influir en su mente y en las ajenas, basta para demostrar que algo hay superior a la mente, algo que, por decirlo así, es inseparable de ella y que de ella se vale por instrumento. Estas reflexiones infunden en el estudiante que se esfuerza en la comprensión de su propio ser, la conjetura de que no es tan fácil como parece dominar la mente, pues los pensamientos brotan de ella espontáneos sin que él los excite ni provoque, y muchos de ellos son contrarios a su voluntad.

Invaden su mente toda especie de quimeras y fantasías que le repugnan, pero se ve incapaz de rechazarlas. Está forzado a rozarse con pensamientos que prevalecen en su mente y no están sujetos a su dominio ni autoridad. Entonces se pregunta: ¿de dónde vienen estos pensamientos? ¿cómo actúan? ¿cómo se les puede dominar? Poco a poco aprende que muchos de los pensamientos venidos a su mente, provienen de las mentes de otros hombres, y que, en cambio, él influye en las ajenas con los que engendra en la suya, de lo cual infiere que de la índole de sus pensamientos le alcanza mayor responsabilidad de la que hubiera podido suponer. Si figuraba que tan sólo con la palabra influía en las mentes ajenas y que únicamente con el ejemplo de sus acciones afectaba a las acciones de los demás. Pero, según adelanta en su aprendizaje, se va convenciendo de que hay una invisible energía, dimanante del hombre pensante, que influye en las mentes de los demás hombres.

La ciencia moderna nos dice algo de esto y en el mismo sentido, pues no sólo reconoce la transmisión del pensamiento entre dos cerebros sin necesidad de palabra hablada o escrita, sino también reconoce que en el pensamiento hay algo tangible, observable, parecido a una vibración que levanta otras vibraciones, aunque no se oiga palabra alguna. La ciencia ha descubierto que el pensamiento puede transmitirse silenciosamente de una a otra persona sin externa comunicación, o como dice el profesor Lodge, sin medios materiales(2) de comunicación. Siendo esto así, todos nos estamos afectando mutuamente por medio del pensamiento sin que medien palabras ni actos. El pensamiento que hemos engendrado irradia para afectar las mentes ajenas, al paso que los pensamientos de los demás influyen en nuestra mente. Entonces advertimos que la inmensa mayoría de las gentes piensan muy poco por sí mismas, aunque les parecen pensamientos propios los que reciben de quienes los engendran.

En realidad, las mentes de los hombres se asemejan por lo general a los mesones o posadas en donde los caminantes se albergan durante una noche. Los pensamientos entran y salen de su mente, sin que de por sí influya gran cosa el hombre en el pensamiento que recibe, lo alberga y luego se marcha. Pero nosotros debemos pensar deliberadamente, con el propósito de transmutar nuestro pensamiento en acción. ¿Por qué es tan valiosa esta disciplina mental que regula y refrena el pensamiento y rechaza los provenientes de ajenas mentes? ¿Por qué debe ser ésta una condición del discipulado? Porque cuando el hombre se convierte en discípulo, son mucho más poderosos sus pensamientos y se acrecienta y vigoriza su individualidad hasta el punto de que todos sus pensamientos tienen reduplicada vitalidad y energía para influir en las mentes de los hombres del mundo. Con el pensamiento se puede matar a un hombre o sanarlo de una enfermedad.

Con el pensamiento es posible influir en una muchedumbre o forjar una visible ilusión que engañe y extravíe a quienes candorosamente la vean. Por lo mismo, si tanto poder adquiere el pensamiento cuando se acrecienta la individualidad, y si el discipulado significa el rápido incremento de la individualidad, de modo que un hombre pueda realizar en pocas vidas lo que de otra manera tardaría milenios en conseguir, es necesario que antes de conferirle estos amplios poderes, sepa dominar sus pensamientos, resistir cuanto de maligno haya en ellos y no albergar más que lo puro, benéfico y útil. Por lo tanto, el dominio de la mente es una condición del discipulado, pues antes de que el hombre adquiera el supletorio poder mental dimanante de las enseñanzas del Maestro, debe dominar el instrumento engendrador de los pensamientos, a fin de ser capaz de engendrar los que quiera y ninguno brote sin su consentimiento.

(1) Este es el fundamento del sistema filosófico de Descartes resumido en el famoso apotegma: cogito, ergo sum (pienso, luego existo) que identificaba el Yo con la mente.-N.deI T..

(2) La palabra “materiales,” se contrae aquí a la acepción física.

CUALIDADES PARA EL DISCIPULADO

DOMINIO DE LA MENTE – MEDlTACION

FORMACION DEL CARÁCTER

Annie Besant – Extracto de EL SENDERO DEL DISCIPULADO

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