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Nov
17

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El secreto de las siete semillas. VIII

Seis semanas después de su reunión con el maestro, Ignacio había hecho un serio esfuerzo por seguir sus indicaciones. Había contratado una persona que enseñara a su esposa la elaboración de una variedad de platos de comida vegetariana. Había dejado las carnes rojas por completo, pero todavía comía pollo y pescado un par de veces por semana. Aproximadamente el setenta por ciento de su alimentación era lo que el maestro denominaba comida sátvica. Había bajado de peso y se sentía más ligero y saludable. También había dejado de lado todas las bebidas alcohólicas. Pensó continuar tomando vino, pero como su dieta era principalmente vegetariana, el vino le comenzó a caer pesado al estómago y también fue reduciendo su consumo, pues era como esos avisos que podía enviarle el cuerpo y que, según el maestro, debían ser escuchados. La televisión también se fue espaciando cada vez más. La primera semana le fue muy difícil porque sentía que algo le faltaba. Quería ver las últimas noticias, desconectar su mente frente al televisor o simplemente escuchar un poco de bulla a su costado. Pero no había cedido ante las presiones de su hábito. Ahora, en la sexta semana, ya se había acostumbrado a no ver televisión y le resultaba asombroso todo el tiempo que había ganado para leer y pensar. Sólo tomaba un café en las mañanas, pues aunque intentó dejarlo, no lograba despertarse y estar alerta para trabajar. Era evidente que la cantidad de cafeína que consumía antes lo tenía acelerado. Ahora se sentía mucho más tranquilo y podía meditar mucho mejor.

Finalmente había bloqueado su semana, tal como le recomendara el maestro. Su problema era que todavía no podía estar consciente de todas las interrupciones. Las personas entraban a su oficina y a veces se dejaba llevar por ellas. Terminaba usando su valioso tiempo destinado a actividades alineadas con su misión, en trabajos sin una verdadera importancia. En las oportunidades en que Ignacio se daba cuenta de las interrupciones, pedía gentilmente a sus empleados que no lo distrajesen, pero ellos igual se disgustaban pues la costumbre era más fuerte que la nueva política.

Ignacio se había aparecido de un día para otro con aquello del bloqueo de tiempos para trabajar en lo importante, pero en la empresa le llamaban la política de bloqueo de puertas. Algunas personas aceptaron el reto, otras querían ser escuchadas a cada minuto, como siempre. En realidad, la principal motivación de estos empleados era estar cerca de Ignacio, ser reconocidos, sentirse importantes y con algo de poder. La mayoría de las interrupciones eran innecesarias y generalmente estaban guiadas por el ego de sus subordinados. Ignacio favorecía una política de puertas abiertas, pero sabía que su gente debía aprender a trabajar sola. Ellos debían tomar decisiones por su cuenta y sólo lo debían interrumpir cuando existiera algún asunto verdaderamente importante. Incluso se había tomado el trabajo de revisar todas sus funciones y había delegado la mayoría entonces se dio cuenta de que hacía una enorme cantidad de labores rutinarias que le quitaban tiempo.

Sin embargo, no le era fácil. Sentía un vacío en su pecho. Ahora veía que en su oficina se tomaban una serie de decisiones sin consultarle. Esto no lo hacía sentirse bien. Sentía que ya no era importante, que no lo necesitaban. Se daba cuenta de cómo su ego le pedía a gritos que no delegara, que retomara el poder. Pero además de la adicción del ego al poder, a Ignacio le daba pena dejar de hacer una serie de actividades no importantes, pero de las que él disfrutaba. Eran actividades que había hecho toda la vida, que las hacía bien, pero en realidad no era indispensable que él mismo las ejecutara. Ignacio se daba cuenta de que bloquear su tiempo implicaba ciertos sacrificios, pero estaba seguro de que en el largo plazo su inversión le retornaría con creces.

Había bloqueado tiempo en la semana sólo para pensar, tal como le había aconsejado el maestro, pero no le resultaba fácil. En la oficina, Ignacio estaba acostumbrado a resolver problemas, tomar decisiones y dirigir reuniones. Estar sólo pensando lo sacaba de sus hábitos de trabajo e incomodaba a su ego, que quería estar todo el tiempo en movimiento, dirigiendo, siendo importante, tomando decisiones trascendentes. Sin embargo, era consciente de que estos espacios de tiempo lo ayudaban a organizarse, a trabajar en actividades pendientes y sobre todo a anticiparse, a planificar e innovar su negocio.

Los fines de semana no hacía nada referido a la oficina; los dedicaba íntegramente a su familia. Al comienzo tampoco le fue fácil. Se sentía culpable, como en esos días de domingo cuando estaba en el colegio y no había hecho la tarea. No trabajar el fin de semana le traía memorias subconscientes angustiosas. Sentía que lo iban a castigar y a regañar. Pero después de seis semanas le fue más sencillo. Estaba descubriendo la sensación maravillosa de jugar con sus hijos todo el fin de semana. Cada vez que lo hacía terminaba agotado, pero con una sensación de amor que llenaba su pecho de alegría. Ahora no se cambiaba por nadie del mundo; había descubierto un tesoro que, sin verlo, siempre tuvo al frente.

Después de seis semanas sentía que no lo hacía perfecto, pero que había avanzado lo suficiente como para ver nuevamente al maestro. Ignacio estaba ansioso por recibir la última semilla. Tomó su auto y se dirigió a la casa del maestro. Cuando llegó, a diferencia de otras veces en que le abrían rápidamente después de tocar el timbre, nadie contestaba. Ignacio insistió varias veces, pero parecía que no había nadie en la casa. No comprendió y se fue entre frustrado e inquieto. Nunca antes había tenido un problema similar. Se tranquilizó pensando en que quizás el maestro había tenido que salir a alguna parte, o quizás había salido de viaje al interior del país. A fin de cuentas, la vida del maestro no giraba alrededor de la suya; un hombre como él debía de tener mil asuntos pendientes y otras tantas atenciones que dedicar a los demás. Ignacio sentía muchas ganas de verlo, quería contarle todos sus avances, pero sobre todo quería la siguiente semilla. Decidió visitar al maestro al día siguiente.

Nuevamente, nadie respondía al timbre. Ahora sí estaba preocupado. Era de noche y todas las luces estaban apagadas. No sabía qué hacer, a quién preguntarle. Nunca pensó en la posibilidad de que no le abrieran. Durante años estuvo visitando al maestro sin haber tenido nunca algún problema. Se sentía perdido, desconcertado, pero a la vez asustado. Empezó a pensar lo peor: “¿No será que le ha pasado algo?”. La casa se veía vacía, no había ningún sonido. “¿No será que se ha marchado a su país? ¿Pero sin decirme nada? No, eso es imposible”, pensó. Ignacio sentía que el maestro lo apreciaba bastante y, como él mismo había dicho, un buen maestro jamás abandona a su discípulo. Jamás se marcharía de esa forma. Se sentía angustiado, pero trataba de controlarse. Para calmarse, empezó a concentrarse en la respiración y así se tranquilizó un poco. Hasta en ese momento las enseñanzas del maestro le servían para enfrentar la angustia de la ausencia del propio maestro. Pensó que debería haber una explicación lógica. Se dirigió a la casa colindante y dubitativamente tocó el timbre. Una señora de unos sesenta años abrió la puerta. Ignacio le dijo:

–Señora, disculpe, me llamo Ignacio Rodríguez. Durante años he estado viniendo a la casa vecina a conversar con un maestro de la India. ¿Me puede decir algo de él? ¿Usted sabe si se fue de viaje a algún lado?

–¿Se refiere al hombre de túnica anaranjada y con barba blanca, que salía a caminar todas las mañanas?

–Sí, a ese mismo –a Ignacio se le iluminó el rostro, pues evidentemente la mujer podía darle alguna información.

A la señora le cambió la cara. Se puso seria, bajó la cabeza e hizo un movimiento como si estuviera negando algo. Ignacio interpretó ese gesto como si algo gravísimo le hubiese ocurrido al maestro.

–¡Dígame qué pasa! ¿Qué le ha pasado al maestro? –insistió Ignacio con la voz entrecortada.

–Disculpe, lo siento mucho, a su maestro lo atropellaron hará unas tres semanas, cuando salía de su casa. Un borracho lo embistió y se dio a la fuga. Una vecina lo encontró desangrándose y llamó a la ambulancia, pero cuando llegó él ya había fallecido. A la vecina le llamó la atención que mientras agonizaba, ese señor tenía en su rostro algo parecido a una sonrisa.

Ignacio escuchaba a la señora en estado de shock. Sintió ganas de llorar pero se contuvo. Aquello, lanzado sobre él como un aluvión, era demasiado. Las piernas le temblaban y una enorme sensación de disgusto lo llenaba de una rabia desconocida, una rabia impotente, pues no tenía cómo canalizarla ni contra quién descargarla. Se sentía repentinamente estafado, pero no por el maestro ni por sí mismo sino por algo misterioso, algo mucho más allá de su comprensión de las cosas. Aquello no era justo, de ninguna manera podía entenderse que cosas así ocurrieran. Para él, el maestro era una especie de santo, un personaje mágico que nunca podía morir. Fue el padre y la madre que nunca tuvo; sentía un amor de hijo muy profundo hacía él. Desde que lo conoció se sentía seguro y protegido por esta madre mágica. Ahora que ya no estaba, ¿qué iba a ser de su vida? ¿Quién le iba a enseñar? ¿Quién iba a escuchar sus problemas? ¿Quién le iba a aconsejar, a transmitir sabiduría y a cuestionarlo? Finalmente, ¿quién le iba a mostrar ese cariño tan desinteresado, ese amor tan compasivo que lo había enternecido y sensibilizado? Sentía que la vida era muy injusta con él. En el momento fundamental en que estaba mejorando y progresando, le quitaban su única oportunidad de crecer. Otra vez la rabia impotente, la sensación de estafa y el miedo le llenaron el alma. Tenía un nudo en la garganta, un sollozo ahogado, una pesantez horrible en el estómago y una constelación de frías gotas de sudor sobre la frente.

–Cálmese, señor –le sugirió la señora con un gesto amable y una sonrisa algo forzada–. Ahora su amigo descansa en paz.

Estas palabras lo hicieron despertar de su trance emocional. Ignacio se dijo a sí mismo: “Un momentito, aquí estoy lamentándome de mi suerte pensando en qué voy a hacer yo ahora. Estoy pensando en todo lo que he perdido, totalmente centrado en mí mismo. Pero no estoy pensando en mi maestro. Es cierto lo que dice la señora, mi maestro está ahora mejor que antes. Su espíritu está libre de ataduras y limitaciones carnales y se encuentra más cerca de Dios”.

Al principio aquello le sonaba autoimpuesto, como si se tratara de una vocecilla interior que le exigía estar en guardia contra su propio egoísmo, pero que a la vez pretendía consolarlo de aquella pérdida irreparable. Se dio cuenta de que toda su angustia no venía de la tragedia que le había ocurrido al maestro; era más bien un sufrimiento egoísta, que se concentraba en las consecuencias de no tenerlo a su costado. Estas palabras internas lo tranquilizaron un poco.

–Mire, señor –continuó la vecina–, aquí me han dejado la llave para que las personas amigas del difunto que tengan alguna pertenencia en la casa puedan sacada. ¿Quiere entrar?

Ignacio accedió dubitativo. No sabía si podría soportar la pena de estar en el cuarto de su maestro y saber que nunca más lo volvería a ver.

Entró a la casa. A diferencia de otras oportunidades en que se percibía una energía de amor y paz, esta vez el recinto se sentía vacío. Recordó aquel verso que tanto había leído cuando joven: una casa viene al mundo no cuando la acaban de construir sino cuando empiezan a habitarla. La vida y el espíritu de aquella casa lo constituía el maestro que vivía en ella. El jardín estaba secándose y el pasto estaba amarillo. Ignacio entró y se dirigió al cuarto donde tantas veces había acudido buscando los ojos transparentes de aquel hombre. Estaba exactamente igual que cuando el maestro vivía. La foto de sus maestros, su cama, sus cojines y su cómoda. Ignacio sintió una nostalgia profunda y un insoportable deseo de tener cerca a su maestro.

Se sentó en silencio a meditar en el cojín donde usualmente conversaba con él. Apenas había iniciado la meditación, le vino un pensamiento que lo levantó del cojín: “No tengo ninguna foto de mi maestro”. Ignacio buscó por si había alguna en las paredes, pero no. Luego se dirigió a la cómoda y abrió el primer cajón. Estaba lleno de cartas escritas en un idioma extranjero muy raro. “Probablemente hindú”, pensó. Abrió el segundo cajón y encontró un estuche de plástico, parecido a los que dan las agendas de viaje. “El pasaporte”, pensó Ignacio, “debo sacar la foto del pasaporte”. Abrió desesperadamente el estuche y encontró unos documentos en inglés pertenecientes a una corporación aparentemente británica. Siguió revisando con mucha intriga y encontró un carné de identificación de un ejecutivo de la empresa, con una foto. Era una persona de origen hindú, pero vestida: con ropa occidental. Tenía el pelo corto, facciones finas y unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Siguió buscando en el sobre y encontró más fotos de la misma persona en la ciudad de Londres. Una de ellas le llamó especialmente la atención. En esa foto, la misma persona se había dejado barba y estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Miró fijamente la foto y de golpe se dio cuenta de que era su maestro, pero muchos años atrás. ¿Cómo era posible? ¿Acaso su maestro había sido ejecutivo de una corporación? Él siempre estuvo seguro de que había algo raro. No podía ser que un maestro espiritual supiera tanto de negocios. Sus consejos habían sido tan valiosos porque los aterrizaba muy bien en la empresa. Pero ¿cuándo?, ¿cómo? y ¿por qué se había introducido en el mundo espiritual?

Ignacio se dio cuenta de que mientras estuvo con el maestro había permanecido tan centrado en sí mismo, tan egocéntrico, que jamás le había preguntado sobre su vida, de dónde venía, cómo era su familia, cuál era su historia personal o simplemente cómo se sentía. El maestro siempre había tenido la humildad de no hablar sobre sí mismo; todo su tiempo lo había orientado a servirlo, amarlo y ayudarlo. Ignacio se percató de que había tomado su existencia como un hecho, asumiendo que era un derecho recibir su ayuda y guía. Pero nunca se había dignado a decirle un simple “gracias, maestro”. Nuevamente el maestro, con sus actos e incluso ya sin vida, le brindaba una lección.

Ignacio salió, tomó su auto y se dirigió a su casa. Ya en su jardín fue a ver sus plantas, que eran, además de su anillo, los únicos recuerdos físicos que le quedaban de su maestro. Cuando estuvo al frente de las plantas sintió ganas de llorar; lo extrañaba mucho y no se resignaba a dejar de verlo. Miraba las plantas y recordaba su transformación como persona. Por primera vez tomaba conciencia de cuánto lo apreciaba y necesitaba. Se daba cuenta de todo lo que el maestro había hecho por él, de la ayuda desinteresada que le había dado. Una lágrima resbaló desde su ojo derecho y luego lloró por varios minutos.

Llorar lo ayudó a sentirse mejor. Habían pasado más de dos años desde que iniciara sus conversaciones con el maestro y al frente suyo, en las plantas, estaban todas las etapas por las que había pasado. Recordó lo necio que había sido cuando tuvo su primera reunión con el maestro. Lo ignorante que era acerca de su propia vida y del camino que debía recorrer para ser verdaderamente feliz. Con una sonrisa, recordó cuando fue donde el maestro molesto porque su semilla no crecía. Ahora tomaba conciencia de que quien estaba molesto en esa ocasión era su ego, que no soportaba la posibilidad de que él no supiera sembrar. Recordó cómo el maestro le enseñó que sus conductas del presente estaban asociadas a su pasado. Luego vio la mimosa púdica, y reconoció el rol de la meditación en su vida. Conocer y aceptar su pasado le había permitido limpiar sus nudos emocionales, entender sus carencias de cariño, desbloquearse y empezar a sentir. La meditación, en cambio, le había permitido sumergirse en un océano de amor interior, perforar las profundidades de su espíritu y traer a la superficie de cada día sus inagotables reservas de amor. Sólo unos minutos al día de ponerse en contacto con su alma le permitían vivir más en paz y en contacto con la divinidad.

Luego, Ignacio observó la rosa. Pensó que el maestro debió escoger, en vez de la rosa, una enredadera. Sentía que su ego se enredaba en todos los aspectos de su vida. Lo tenía pegado con fuerza y debía hacer grandes esfuerzos para separarlo. Era como una hierba mala difícil de remover. El ego seguía muy presente después de estos dos años, pero por lo menos algunas veces ahora se daba cuenta de que existía, y entonces lo podía controlar. La cuarta semilla correspondía al árbol de mango, que representaba el servicio desinteresado. Jamás en su vida Ignacio imaginó estar dictando conferencias sobre espiritualidad en las empresas ni preocupándose por terceras personas. Pero tampoco imaginó jamás lo maravilloso que podía sentirse alguien al hacerlo. La quinta semilla era el girasol, la de la toma de decisiones éticas. Ignacio había aprendido a disfrutar la sensación de integridad, de unión con su alma y de felicidad que sentía cuando lo que hacía estaba alineado con las cualidades innatas de su espíritu. El secreto de la quinta semilla lo ayudaba a filtrar sus decisiones y acciones para no alejarse de este sendero.

Finalmente, la última semilla que recibió del maestro era la del pino, la que le había ayudado más pragmáticamente. Estaba claro que la necesitaba. ¿De qué le servía conocerse a sí mismo, meditar, controlar su ego, reflexionar éticamente y servir si toda su vida era un desorden y un desbalance? La sexta semilla le había permitido tomar el control de su vida y dirigirla hacía las cosas más importantes, definir y fijar sus prioridades.

Pero ¿cuál era la séptima? Ignacio recordó que se la había pedido al maestro, pero él no había querido dársela. Se preguntaba: si el maestro tenía poderes extrasensoriales y una extraordinaria intuición, ¿por qué no intuyó que sería atropellado o que algo le pasaría? “Quizás realmente nunca tuvo poderes. Quizás simplemente lo idealicé”, pensó Ignacio. Aun con las dudas sobre su maestro, Ignacio se sentía frustrado por no terminar su preparación espiritual. Sentía que había estado subiendo un muro con una escalera en la que cada peldaño era una semilla. Sin embargo, en el último peldaño la escalera se había roto. No podía seguir subiendo y nunca vería lo que existía al otro lado del muro.

Ignacio se quedó en su jardín meditando un largo rato. Su meditación esta vez fue especialmente intensa. A medida que se concentraba y dejaba de lado sus pensamientos, fue experimentando un sentimiento de profundo amor y unidad con el todo. La muerte del maestro había hecho aflorar su espíritu y lo sentía en todo su ser. Poco a poco, fue transformando su pena y dolor en una sensación de paz y tranquilidad.

Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

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